Este fin de semana pude asistir al evento de moda en Bogotá, viajé al lanzamiento de Tesla en Colombia, un evento realizado en el centro Andino que me hizo pensar si en estos tiempos donde la humanidad presume haber encontrado la ruta “limpia” hacia el futuro, conviene detenerse un instante, como quien apaga el ruido para escuchar lo esencial y preguntarnos si la electricidad, presentada como la salvación del planeta, no es quizá otro espejismo bien iluminado. Vivimos en medio de una euforia colectiva por lo eléctrico: autos, motos, bicicletas, celulares, relojes, laptops… todo parece moverse hacia un mismo altar: el de la batería. Pero, me pregunto siempre, una y otra vez, ¿a qué costo?
La narrativa dominante y de moda es esa que repiten gobiernos (el nuestro), fabricantes y algunos (sino muchos) organismos multilaterales, sostiene que la transición energética es la única vía posible para enfrentar la crisis climática. Y es cierto: los combustibles fósiles han dejado una huella profunda, casi irreversible. La OCDE insiste en que el mundo debe reducir drásticamente las emisiones para evitar un colapso ambiental, mientras la ONU advierte que estamos en “código rojo” para la humanidad. Hasta ahí, nadie discute, no podría nadar contra la corriente, el dilema que se presenta es si de verdad podemos decir que hemos encontrado la salida, que nuestra respuesta ideal ha llegado.
El problema de fondo es otro: confundimos cambiar la fuente de energía con cambiar el modelo de consumo y de ahí nace una tesis que me interesa debatir.
Porque hoy en la puerta del centro Andino, en la calle 82 tras un torrencial aguacero (árbol caído y todo incluido) mientras celebramos la llegada del automóvil eléctrico como si fuera el nuevo mesías tecnológico, pasamos por alto la devastación silenciosa que generan los millones de baterías de litio, níquel, cobalto y manganeso que exige esta nueva movilidad. Extraer esos minerales no es un acto poético ni sostenible: significa mover toneladas de tierra, usar agua en cantidades absurdas, devastar territorios y comunidades que ni siquiera aparecen en las campañas publicitarias de la industria verde y que nadie nos va a responder con veracidad sobre los datos exactos.
Hemos sustituido la chimenea que tanto daño hacia y que por aquella época era la revolución, por el cargador, pero no hemos resuelto el fondo del dilema: seguimos consumiendo más de lo que la Tierra puede regenerar (mi teoría del capitalismo antropófago – Oswald de Andrade).
La ONU lo dice con una claridad incómoda: la transición energética es necesaria, pero no es inocua. Reemplazar toda la flota global de vehículos por eléctricos demandaría multiplicar por cuatro la extracción de minerales críticos. La OCDE, por su parte, alerta que la economía digital, esa misma que presume ser limpia, será responsable de un crecimiento acelerado en la demanda de energía para centros de datos, inteligencia artificial y dispositivos personales. Paradójico: mientras desconectamos la gasolina, enchufamos al planeta a un consumo eléctrico que crece sin freno.
El celular que llevas en el bolsillo contamina. El auto eléctrico que deseas también. La apariencia de limpieza no elimina la realidad del impacto.
La pregunta entonces no es si lo eléctrico es mejor que lo fósil. En muchos aspectos, sí lo es, resulta casi lógico, en suma innecesario preguntarlo. Reduce emisiones directas, mejora la calidad del aire urbano y acelera la innovación. Pero en otros aspectos profundos y en letra menuda, crea una cadena oculta de daños ambientales y sociales. Las minas de cobalto del Congo, los salares de litio en Bolivia, Argentina y Chile*, o las fundiciones asiáticas que producen componentes electrónicos, son recordatorios de que el progreso energético sigue teniendo un costo humano que pocos quieren mirar de frente.
¿Qué ganamos si dejamos de respirar CO₂ en las ciudades, pero destruimos ecosistemas enteros para cargar nuestros dispositivos? ¿Qué sentido tiene presumir que salvamos el planeta si lo estamos desangrando por debajo de la superficie?
Quizá el dilema de nuestra era no es escoger entre electricidad o petróleo, sino reconocer que ninguna alternativa será verdaderamente sostenible mientras persista el mismo modelo de consumo insaciable que nos trajo hasta aquí. La OCDE habla de eficiencia. La ONU habla de urgencia desde los famosos 17 objetivos de desarrollo sostenible (ODS). Pero casi nadie habla de moderación.
Tal vez el verdadero desafío no sea electrificarlo todo, sino preguntarnos cuánto necesitamos realmente. Reducir, reutilizar, reparar… conceptos que parecen de otro siglo, pero que siguen siendo más revolucionarios que cualquier carro autónomo.
El planeta no requiere solo nuevas fuentes de energía. Requiere una nueva conciencia.
Porque mientras el mundo corre detrás del último vehículo eléctrico, las baterías siguen acumulándose, las minas siguen creciendo y los consumidores seguimos creyendo que la sostenibilidad depende de un cargador más rápido.
El reloj ambiental sigue marcando. Y mientras discutimos el color de la energía, seguimos ignorando la pregunta esencial: ¿Qué tipo de sociedad queremos energizar?
* Los salares de litio se encuentran principalmente en la región del "Triángulo del Litio", que abarca el noroeste de Argentina, el suroeste de Bolivia y el norte de Chile. Estos depósitos se caracterizan por ser grandes lagos salados y humedales con alta concentración de salmueras ricas en litio. Ejemplos destacados incluyen el Salar de Uyuni (Bolivia), el Salar de Atacama (Chile) y varios salares en las provincias argentinas de Salta, Jujuy y Catamarca, como el Salar de Arizaro, Diablillos y Salinas Grandes.
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