No recuerdo en qué momento exacto ocurrió, pero ocurrió. Un día encendimos el televisor para acompañar el desayuno y allí estaba la muerte. Abrimos el celular antes del almuerzo y allí estaban los accidentes. Llegamos a casa en la noche, buscamos “informarnos” y nos sentamos a cenar con masacres, atracos, tragedias y cifras rojas. La mala noticia dejó de ser excepcional y se convirtió en rutina. En producto. En protagonista y me canse dije: Basta!
Hoy pareciera que no hay espacio informativo si no hay sangre, escándalo o desastre. La muerte abre noticieros. Los accidentes lideran portales y redes. La tragedia es primera plana o última hora. Y lo más inquietante no es que ocurran, porque siempre han ocurrido, sino que hemos decidido que eso es lo que merece ser contado.
Desde hace años, el criterio editorial dejó de ser relevancia social y pasó a ser impacto emocional. Y así, poco a poco, la información se transformó en una mercancía que compite por atención, no por comprensión. No importa tanto qué tan útil es la noticia, sino qué tan fuerte golpea al espectador.
Nos acostumbramos a desayunar con titulares de miedo y a cenar con desgracias que no podemos resolver. Y lo normalizamos. Lo hacemos en silencio, mientras comemos, mientras compartimos con la familia, mientras intentamos descansar. El resultado es predecible: ansiedad colectiva, percepción de inseguridad permanente, sensación de caos constante. Vivimos en países que no siempre están peor que antes, pero que se sienten peor que nunca y eso es una verdad del tamaño de una montaña.
Los medios dirán, con mucho de razón, que responden a la demanda, que informan lo que ocurre, que no pueden ocultar la realidad. Pero informar no es saturar, y mostrar no es bombardear. Hay una diferencia profunda entre narrar la realidad y construir una atmósfera de catástrofe permanente. Cuando todo es tragedia, nada se procesa; solo se consume.
Ahora imaginemos, solo por un momento, un escenario distinto. ¿Qué pasaría si cambiáramos el criterio? ¿Si las buenas noticias no fueran un relleno de último bloque, sino parte central de la agenda? ¿Si el avance científico, la empresa que genera empleo, el barrio que se organiza, la escuela que mejora, el médico que salva vidas, también fueran titulares? Hagamos el ejercicio, cambiemos la percepción y con ello de seguro nuestro entorno.
No se trata de caer en la ingenuidad ni de maquillar la realidad. Se trata de equilibrar el relato. Porque la realidad no es solo muerte y accidentes. También es resiliencia, progreso silencioso, soluciones que no hacen ruido. Pero esas no generan pánico, y el pánico, hoy, parece ser el negocio.
El cambio, sin embargo, no depende solo de los medios. Depende del consumidor. Del cliente. De nosotros. Somos nosotros quienes premiamos con audiencia al titular más escandaloso, quienes compartimos la tragedia sin leerla, quienes exigimos adrenalina informativa incluso mientras comemos. El mercado responde a lo que se consume, y hoy estamos consumiendo miedo en horarios familiares.
La pregunta queda abierta, como en tantas otras cosas de nuestra vida moderna:
¿seguiremos consumiendo miedo por costumbre o empezaremos a exigir información que, sin mentir, también nos permita vivir mejor?
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