Los soñadores rastreamos la sombra de los recuerdos que bajan de los árboles, de las lámparas, de los versos, de la música, para resurgir -íntimamente- con la sutileza de las horas en reposo y asumir la vida con humildad y reverencia.
Aprendemos que la soledad es un arroyo de silencio que riega una esperanza que se asoma, muy tímida, y es necesario consentir para que se quede, porque se asusta al menor indicio de una decepción.
Y caminamos, acompañados por nadie, para alcanzar algo distante que se esfuma cuando lo hallamos (eso nos gusta), para dejarlo renacer en una nueva dimensión, más sentimental, exquisitamente cercana al corazón
Percibimos, en la sagacidad del tiempo lento, una profecía desperezando su ilusión, mientras espera el instante de darnos una palmada fervorosa en el hombro, para salir de su rincón y ser una cosecha de sueños.
Ahora que sé de eso, tiendo el lecho a la aurora para escribir nostalgias, encender los rescoldos apagados de un viejo fuego, verterlas en un Ológrafo, e imaginar -para ellas- una morada cuidadosamente envuelta en mi alma.
Y voy de la mano de mis fantasías que, generalmente, no logro hacer realidad, pero me enseñan a voltear en las esquinas, a resolver adivinanzas en los libros sabios y a guardar -en mí- la luz de tantas estrellas que cuento…
Cada vez -con menos afán- logro percatarme de que la sencillez me transfiere al itinerario del viento, ora hecho brisa, ora tormenta, pero -siempre- con una flor en el pico de una alondra virtuosa…
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