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Entre la informalidad y lo digital: el verdadero dilema económico de la frontera
En Cúcuta se intenta digitalizar una economía que nunca se formalizó, y ese no es un detalle menor ¡Es el problema!
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Viernes, 8 de Mayo de 2026

En Cúcuta se intenta digitalizar una economía que nunca se formalizó, y ese no es un detalle menor ¡Es el problema!

Durante años, la ciudad y su área metropolitana ha sostenido buena parte de su dinámica económica en la informalidad; no por falta de intención, sino por necesidad. El “rebusque” no es una elección romántica: es una respuesta a la falta de empleo, a la presión de la frontera y a un entorno donde la estabilidad laboral ha sido la excepción, no la regla.

Hoy, según el DANE, cerca del 63% de los ocupados en esta región de frontera están en condiciones de informalidad; es decir, seis de cada diez personas trabajan sin protección, sin estabilidad y sin acceso pleno al sistema económico formal (DANE, Gran Encuesta Integrada de Hogares, 2025). A esto se suma una tasa de desempleo que ha rondado el 11% en el último año, con una afectación mucho mayor en jóvenes (DANE, mercado laboral regional 2025); esa es la base real sobre la que estamos construyendo.

Pero al mismo tiempo, el mundo (y por supuesto nuestra ciudad y municipios vecinos) está migrando hacia lo digital; hoy vender implica usar redes sociales, recibir pagos electrónicos, interactuar en plataformas y competir en un entorno que ya no es solo local, y ahí aparece el choque. Porque la digitalización exige capacidades que gran parte de esta economía no tiene: educación financiera, habilidades digitales, gestión de riesgos, comprensión de herramientas. En otras palabras, estamos pidiéndole a una economía informal que compita en un terreno para el cual no fue preparada y cuando eso ocurre, el resultado no es inclusión; es exclusión.

Se habla mucho de digitalización como sinónimo de progreso, pero poco se habla de sus efectos cuando no hay acompañamiento, ya que un comerciante que no entiende cómo funciona una plataforma, que no sabe identificar un fraude o que depende completamente de un canal digital que no controla, no está avanzando: está asumiendo un nuevo tipo de riesgo, más silencioso, pero igual de real.

En una zona de frontera, esto se agrava; la mezcla de informalidad, flujo migratorio, economías paralelas y presión por generar ingresos inmediatos crea un entorno donde las decisiones no siempre pasan por la planeación, sino por la urgencia; y la tecnología, en ese contexto, no siempre se usa de forma estratégica. ¡Se usa como se puede!

Por eso, el debate en Cúcuta no debería ser simplemente cómo digitalizar más rápido, ni cómo formalizar por decreto; el verdadero reto es cómo cerrar la brecha entre ambas realidades sin romper la base económica que hoy sostiene a miles de familias. Esto implica algo más complejo que implementar plataformas o promover pagos electrónicos; implica formar, acompañar, traducir la tecnología a la realidad del territorio y generar confianza en quienes hoy ven lo digital más como un riesgo que como una oportunidad.

Porque aquí hay una verdad incómoda: no todo el que se digitaliza progresa; algunos, simplemente, quedan más expuestos.

Cúcuta tiene una oportunidad, pero también una decisión por tomar; puede seguir adoptando tecnología sin estrategia (profundizando las brechas existentes) o puede construir un proceso más consciente, donde la digitalización sea una herramienta de inclusión productiva y no un filtro que deje a muchos por fuera.

La ciudad ha demostrado que sabe resistir, pero resistir ya no es suficiente.

Hoy el reto es entender la economía que tenemos… antes de intentar convertirla en la que queremos.


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