El sistema electoral colombiano no es plenamente confiable. Su legitimidad está expuesta a trampas recurrentes de muchos de quienes intervienen en su desarrollo, incluidos los responsables de su gestión.
Esa vulnerabilidad está incorporada en las prácticas de degradación, con el patrocinio de quienes buscan el poder mediante conductas ilícitas. La compra del voto al ciudadano que acude a las urnas es un ultraje a la democracia. Lleva a la distorsión del derecho a elegir. Empaña un proceso que debería estar exento de vicios que conducen a la degradación de lo que debería constituir el soporte de la dignidad ciudadana.
Pero la distorsión del acto de la elección no es solamente el embrollo configurado en la oferta mercantil del sufragio. Por encima de esto, se impone aplicar el dinero a otras prácticas fraudulentas. Las curules obtenidas en las corporaciones públicas no siempre son el resultado de la libre y limpia voluntad popular.
La irrigación de dinero en algunas campañas impone el resultado que se busca. Es la forma deleznable de ejercer la política. Y semejante práctica se ha vuelto cada vez más rutinaria debido a la ausencia de reglas que desmonten esa forma vulnerable de buscar privilegios públicos.
Ya se ha llegado a extremos desafiantes en el montaje de entramados para cometer fraude electoral. Una reciente investigación de la revista Raya y del sistema de medios públicos RTVC puso al descubierto el montaje del llamado plan Júpiter para intervenir en el proceso electoral actual de Colombia, cuyas elecciones para presidente de la República están pendientes de mayo y hasta junio del año en curso.
Su finalidad es constreñir al elector, infundiéndole miedo, indignación e incertidumbre mediante narrativas de estigmatización desfavorables a los contrarios, Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, y en beneficio de la candidata Paloma Valencia, como señala la investigación. Cuenta con el apoyo de empresas nacionales y ya ha recaudado 7.000 millones de pesos. Suma, además, el beneplácito de La Silla Vacía.
Todo ese tejido busca preservar el poder de los de mayor fortuna. Es la forma de impedir las reformas de cambio orientadas a superar la desigualdad social predominante.
Todo esto desdice mucho de la democracia que dicen defender los promotores de ese entramado de fraude que quedó al descubierto.
¿Cómo puede creerse en un discurso con un tono de patriotismo, dizque para “salvar a Colombia”, cuando se emplean formas tramposas para tomar el poder?
Es un engaño decir que se está con la democracia cuando, al mismo tiempo, se recurre a recursos de engaño.
Las elecciones, como expresión de la voluntad popular, deben ser transparentes y, por lo tanto, su gestión debe ser honrada, con la honradez que les dé legitimidad y genere confianza general.
Se impone, por lo tanto, una reforma electoral que blinde, con la mayor dinámica democrática, el derecho a elegir, bajo la garantía de que no se corra el riesgo de fraude alguno.
Erradicar el fraude en todas sus formas es salvar la democracia y, por consiguiente, la estabilidad nacional.
Puntada
La identidad de Norte de Santander debe sobresalir positivamente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.
ciceronflorezm@gmail.com
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