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Columnistas
EL ocaso de la política
El Consejo Electoral ha buscado controlar este proceso, sin embargo, cada campaña trae su cosecha de pequeños proyectos políticos.
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Martes, 11 de Marzo de 2025

En medio de los profundos cambios e incertidumbres en los que se desenvuelve el mundo actual, y no solo Colombia, el quehacer y el sentido mismo de la política, como actividad,  campo de análisis, discusión y propuesta para la sociedad, está en una profunda crisis,  claramente explicable porque el mundo es fundamentalmente diferente al de hace unos pocos años, mientras que  seguimos con la misma idea de lo que debe ser la política, en términos de instituciones y de actividades, como si viviéramos todavía en el mundo de ayer.

El resultado es doble y dramático. Por una parte, el viejo sistema de partidos en muchos países, como en Colombia, era bipartidista; pero esos partidos ya no son la fuerza, la voz dominante en el quehacer político. El caso europeo, con la excepción inglesa, es sencillamente dramático; desaparecieron o son irrelevantes los viejos partidos de centro como la democracia cristiana, el partido gaullista francés o el partido socialista italiano y en general los partidos comunistas que antaño fueron tan importantes pues en torno de ellos giraba el quehacer político de sus países.

En Colombia, especialmente a raíz de la constitución del 91,  brotaron a granel micro empresas electorales o “grupos significativos de ciudadanos”, bajo el patrocinio de algún político, con el único propósito de facilitarle su elección en la siguiente contienda electoral; una vez pasada esta, desaparecen. El Consejo Electoral ha buscado controlar este proceso, sin embargo, cada campaña trae su cosecha de pequeños proyectos políticos, de corta vida y ninguna capacidad para aportar a la comprensión y transformación de la política y de nuestra realidad.

Esta situación, con sus variantes, se presenta en la mayoría de los países que operan bajo un sistema democrático, en su forma y procedimientos, donde cada vez es más frecuente la sustitución de las organizaciones políticas por caudillos mesiánicos, que arman o se aprovechan de estas pequeñas organizaciones, como trampolines políticos para sus propósitos y ambiciones personales; la acción política se volvió virtual y personal;  desaparecieron el discurso y las posiciones políticas  con su capacidad de proponer; cuando más,  reaccionan al compás de los intereses de su líder.

La relación política se volvió una relación personal montada en la revolución de las comunicaciones que igualmente las individualizó con las páginas web, el internet o los correos electrónicos, desatando un bombardeo informativo que no permite pensar con calma y analizar lo que se propone y dice, sino solamente reaccionar, con la lógica de una política al instante.

Hoy la política necesita ser una actividad descentralizada, que no sea dependiente o subordinada a  lo que sucede en la capital del país o de los departamentos; para dinamizarse y enriquecerse en los entornos locales y comunitarios, propiciando que personas con intereses comunes puedan desarrollar y compartir propuestas e impulsarlas para hacerlas ciudadanas. En este asunto, como en muchas otras actividades, estamos viviendo, crecientemente, una dinámica que se mueve de abajo hacia arriba, desde las comunidades y los grupos de interés y de afinidad. Atrás quedan los tiempos de la política descendiendo de la capital del país o de los departamentos a las comunidades, dictada por los jefes políticos y por los grandes intereses económicos, que poco le dicen al ciudadano del común, causante principal de su desinterés por la cuestión política, que debilita la democracia, pues su savia es ese interés y ese compromiso ciudadano.

La solución no es buscar el mesías que sustituya esa acción ciudadana, sino iniciar el trabajo perseverante de ir generando y fortaleciendo los espacios locales y territoriales,  donde se discutan los problemas de las comunidades y las organizaciones ciudadanas, para plantear alternativas de acción, que sean publicitadas y defendidas  por  dirigentes y voceros nacidos de esas bases y  en esas discusiones; esos son los nuevos políticos que el país reclama. Que quede claro, no se trata de acabar la política sino de transformarla. Sin política basada y alimentada con una amplia participación ciudadana, no se logrará una sociedad vigorosa  e incluyente, de todos y para todos.


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