Contra el decreto del Gobierno nacional mediante el cual se dispuso el incremento del salario mínimo vital para los trabajadores colombianos en un 23,7 por ciento, saltaron de inmediato empresarios empeñados en mantener una remuneración por debajo de las necesidades básicas de sus servidores. Contaron también con el apoyo de sus asesores leguleyos, proclives a las causas clasistas que fomentan la pobreza. La codicia que los invade les aparta de la realidad y los lleva a incurrir en la aberrante injusticia social predominante. Atrapados por ese mal cohonestan el desconocimiento de un derecho legal.
En una argumentación errática, con la pretensión de justificar su codicia, los opositores del salario mínimo vital, promueven la narrativa, según la cual la mejora salarial dispara el costo de vida y le abre espacio al desempleo, lo cual es una mentira suficientemente demostrada en los tres últimos años, por los beneficios generados a través de los incrementos hechos. La economía no se ha deteriorado. La inflación no se ha disparado y la producción ha alcanzado desarrollos positivos, contra todos los pronósticos de desastres pregonados. Y a pesar de ese movimiento de beneficios los mensajeros de desvíos insisten en mantener sus dogmas.
Es que se trata de un sector que ha acuñado riqueza mediante la explotación despiadada de sus trabajadores. No se admite crear condiciones dignas para quienes mediante su capacidad productiva y su constancia laboral son los generadores de las fortunas acumuladas por los propietarios clasistas. Es un lastre que le hace daño al país porque lo mantiene en el atraso, con una desigualdad que afecta a la nación en general. Esa exclusión tan rampante es desgarradora porque promueve afectaciones dañinas y le abre espacio a la inseguridad, además de fomentar todas las distorsiones propias de una sociedad atrapada en las redes de la discriminación entre la población llamada a tener igualdad de oportunidades.
De este problema que está en boga es necesario tomar conciencia y exponerlo en la magnitud de lo que puede representar para todo el país. Permitir que prospere la desigualdad y en un campo tan importante como como es el del trabajo no le hace bien a nadie, pues ensancha la brecha que está incrustada en la sociedad clasista. Los trabajadores deben tener la garantía de una remuneración justa, que les permita satisfacer en las mejores condiciones sus necesidades. Eso tiene que ver con la salud, la educación, la vivienda, la armonía en la cotidianidad de las relaciones entre las personas, la vida familiar, la convivencia en paz y la visión positiva de la existencia, en todas sus posibilidades.
O sea que la codicia, como garrote contra el derecho a una remuneración justa a los trabadores es un mal que debe rechazarse. No tiene justificación. Y debe ser empeño común el de defender la remuneración justa para quienes trabajan y generan riqueza con lo que producen, aunque dependan de los propietarios de las empresas establecidas. Es un paso fundamental en el camino de la dignidad que debe garantizar la vida de todos.
Puntada
La publicación de 13 libros de autores que hacen sus vidas en Norte de Santander es una gestión bien positiva de la secretaria de cultura del departamento, Martha María Reyes. Es estímulo a la creación literaria y al conocimiento.
ciceronflorezm@gmail.com
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