La espiritualidad es una mutación emocional en trueque con la esperanza, con una rosa de bienvenida a ese presentimiento iluso que todos tenemos, algo así como una ausencia desconocida que, siempre, aguardamos.
Y su lucidez de cristal surge cuando aprendemos a esperar un pensamiento bueno, con la ingenuidad de saber que somos el eco del destino en cada etapa del tiempo y la razón de ser del recuerdo, o del olvido.
La soledad nos conduce a peregrinar, así como el viento, por encima de las nubes, recogiendo o desplegando las alas, con el asombro atisbando -con o sin prudencia- la sabiduría alojada en un rincón del tiempo imaginario.
Y oímos el ir y venir de los sentimientos, como una barca anclada en aguas tranquilas, la emoción de un campesino retornando con la azada al hombro, anhelante de café o de una sonrisa de trenzas en las manos de su mujer.
Las cosas -entonces- se entienden mejor, se sienten más bonitas, se perciben desde el corazón, con un lenguaje cultivado en el silencio, como si fuera un huerto de fervor, donde se cosechan frutos de arte íntimo.
El don de soñar es un vínculo mágico con el infinito y nos permite aprender las lecciones del alma e imaginar que la lejanía no existe, que hay una metáfora en soliloquio inscrita en los instantes más bellos, detrás del horizonte.
La felicidad se escribe con notas al margen de una página simple de la vida, y se vuelve luminosa cuando la verdad de la existencia nos muestra una vía azul para indagar -aunque sea parcialmente- por un seudónimo de la eternidad.
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