Celebrar un centenario de esta magnitud no es solo un ejercicio de nostalgia; es un acto de memoria necesaria. En un país que a veces parece olvidar de dónde viene, recordar a Delia es volver a pasar por el corazón los cimientos de nuestra cultura. La memoria no es un archivo de datos muertos, sino el combustible que permite que las nuevas generaciones no caminen a ciegas. Al conmemorar su siglo de vida, no solo aplaudimos su pasado, sino que reafirmamos la vigencia de su visión sobre lo que nos une como nación.
Debemos admitir que, a veces, cuando pensamos en el “folclor”, cometemos el error de imaginar algo estático, una bandera polvorienta que se exhibe solo en fiestas patrias. Delia fue la antítesis de esa idea. Para ella, la danza no era un accesorio de utilería ni una coreografía rígida para complacer turistas. Entendió, mucho antes que los académicos de escritorio, que en el movimiento de los cuerpos o en el golpe seco de un tambor estaba guardada también la historia de nuestros pueblos.
Nacida en Lorica el 1 de abril de 1926, prefirió las “esculturas vivas” por encima de las bellas artes tradicionales. Se fue a las orillas de los ríos y a la profundidad del Chocó, no como quien observa un objeto de estudio, sino como quien busca a su familia. Su método no era la observación distante, sino la vivencia pura. Por eso, lo que más me impresiona, un siglo después, fue su valentía para romper el protocolo institucional. En 1954, cuando el Teatro Colón de Bogotá era un templo exclusivo para la estética europea, Delia entró pisando fuerte con sus músicos. No pidió permiso; simplemente demostró que el currulao y la cumbia tenían una complejidad técnica que no envidiaba nada al ballet clásico.
Ese “racismo elegante” de la época no pudo con ella. Por eso, resulta tan simbólico que hoy el corazón de Bogotá albergue el Centro Nacional de las Artes que lleva su nombre. Sus nuevas instalaciones, modernas y abiertas a la calle, son un acto de justicia poética: el mismo suelo que antes le exigía “etiqueta” hoy lleva su nombre y celebra su centenario con una agenda ambiciosa.
Este año, bajo el concepto de “Casa Abierta”, el país no solo le rinde tributo con placas, sino con verdadero movimiento. Desde la puesta en escena de su obra “Gentes de todos los colores” hasta encuentros que conectan la academia con las tradiciones del Caribe y el Pacífico. Colombia intenta, finalmente, darle el lugar que siempre mereció. Sin embargo, el verdadero homenaje no es solo el edificio moderno de cristal. Es entender que nuestra identidad es una trenza donde lo indígena, lo africano y lo español se encuentran sin vergüenza.
La Embajadora de la Danza nos dejó un país que suena distinto porque se atrevió a escucharlo primero. Su herencia no es una pieza de museo, sino una cadencia viva que ella misma sistematizó en obras fundamentales como su “Manual de danzas de la costa Pacífica”, el “Manual de danzas folclóricas de la Costa Atlántica” y su ensayo “La Cumbia: síntesis musical de la nación colombiana”. A través de estos textos, nos enseñó que el baile es un lenguaje con técnica y memoria; una bitácora de nuestra libertad. Cien años después, su obra es como un mapa que nos permite reconocer nuestro origen en cada paso.
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en https://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion .
