
O mejor, venderlo. A mediados de marzo leí un artículo en el N.Y. Times donde una periodista daba claves acerca de cómo sobrevivir ante el apocalipsis.Y justo a finales de mes, la Unión Europea decidió alertar a su población sobre la necesidad de hacerse con un kit de emergencia para 72 horas y estar preparados por si suena la alarma. Pues muy bien. Falta aclarar que dicho plan estará listo en su totalidad (en Bruselas como en Palacio, las cosas van despacio) a finales del 2026. Como se ve, la cosa es cuestión de tiempo. Y mientras tanto, qué. ¿Pues consultar a los noruegos y a los suecos que ya han educado a los suyos en estos menesteres? ¿O recordar las enseñanzas de la crisis virulenta del año 20?
La periodista hizo una especie de cursillo en la selva y su maestro (una especie de Tarzán sigloventiunero) la regañó porque no había llevado una cuchara. Y como en las películas, los estadounidenses (para no decir gringos) siempre tienen plata, la señora no pudo comprar una en medio de la espesura, pero aprendió a hacerla con alguna rama que el héroe le consiguió. Hay que prepararse, no hay duda, que amenazas es lo que hay. Lo que no dicen, porque no debe interesar, es qué puede hacer el resto del mundo. No problem, “el sur” también existe y se acomoda, como siempre. El que tiene menos, aprovecha mejor ese menos. Las crisis se intuyen, ya sean climáticas, de algún virus biológico, informático o influércico, de alguna guerra contagiosa, de invasión extraterrestre, golpe fortuito de meteorito o de elecciones democráticamente amañadas.Sí, la cosa es cuestión de tiempo.El tal kit son las cosas básicas que dictaría el sentido común, pero ya nos lo dirán los expertos (barra as) desde sus despachos desodorizados. Lo que no deberían olvidar es: ¿qué haremos traspasar esos tres días? Cosas que sí saben y tienen previstas los giga y yotamillonarios, que ya están provistos de búnkeres, túneles, abastecimientos, y en caso extremo, algún ático en la luna. Y para el resto de los mortales ¿qué? Pues quien quiera, puede subirse a la corriente preparacionista y adelantarse al llamado doombomm, una especie de apogeo de la fatalidad.
Preparen entonces, papel y lápiz. No mejor, pulgares y teclado. Para esas 72 horas bastaría con: Comida: En esencia, latas. Olvídese del reciclaje. Latas de atún, de fríjoles, de aceitunas; y agua, mucha agua embotellada. El pan del día anterior sirve. ¿Que le gustan las barritas energéticas? Pues compre. ¿Que es vegano?, cojauna planta del balcón. Medicinas: Esas que acumulas en los cajones. Vencidas, no importa. Aparejos varios: Armas (aprendamos de una vez de la Great América). Linterna. No vale la del móvil. Una radio. ¿Papá, qué es una radio? Otros I: Documentación básica (los sin papeles, desplazados y refugiados, tranquis). Ropa apropiada; absténgase de las prendaspara desfilar. Un libro, aunque pese medio kilo. Otros II: Se sugiere apuntarse como reservista (o desapuntarse), conocer a los vecinos (Mamá, ¿qué es un vecino?), memorizar números de Emergencia y el de una pizzería.Otros III: si la cosa se alarga, podemos imitar a la periodista y tomar cursos de costura, fermentación, defensa personal, técnicas de cultivo, carpintería, sicología de la supervivencia y si se puede, otro en el manejo del astrolabio.
Y que el aviso nos pille en casa; no hay mejor lugar para sobrevivir, ya lo aprendimos. Eso sí, con un kit por cabeza, con Wi-Fi y sin olvidar rollos y rollos de papel higiénico; eso sí que daría miedo. Del que no venden.
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