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Cartagena: de la ciudad de los esclavos a la ciudad del turismo
Que si Cartagena quiere seguir siendo orgullo nacional, debe primero ser justa con quienes le dieron, literalmente, su fuerza y su vida.
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Jueves, 11 de Diciembre de 2025

Hay lugares que cargan su historia como un peso silencioso, como una respiración antigua que se mezcla con el presente sin pedir permiso y este fin de semana tuve la oportunidad de vivirlo de la ciudad de mayor contraste histórico del continente. Cartagena de Indias es el epicentro de ellos. Caminar hoy por sus calles coloridas, perfumadas de mar y música, es olvidar por instantes que bajo esas mismas piedras caminaron, encadenados, miles de seres humanos arrancados de África, cuidados y protegidos en lo poco que podía por San Pedro Claver (1580/1654). Y, sin embargo, para entender a la Cartagena que hoy nos deslumbra, es necesario mirar de frente a la Cartagena que fue: una ciudad construida en buena parte con el dolor ajeno, con manos forzadas, con trabajo esclavo.

Lo he pensado mientras camino por el Centro Histórico, y mientras observo las murallas impecables que hoy son atractivo turístico, pero que un día fueron símbolo de control y de comercio humano la joya de la corona española deseada por los ingleses. La Cartagena de la que hemos oído hablar en libros y en relatos de cronistas, esa Cartagena de los galeones cargados de oro, de los piratas y de esclavos, parece tan lejana que a veces sentimos que no nos corresponde. Pero nos corresponde, es más considero que nos habita.

Cartagena, puerto de dolor (“Entre 1595 y 1640, los portugueses trajeron a Cartagena alrededor de 125.000 africanos esclavizados”)

La historiadora María del Carmen Borrego Plá, quizá una de las voces más rigurosas sobre la historia colonial de la ciudad, lo dijo con una contundencia que incomoda:

“Cartagena fue el principal puerto negrero de la Corona en Tierra Firme. Su prosperidad estuvo ligada al tráfico humano.”

Su investigación revela que solo entre los siglos XVI y XVII ingresaron más de 200.000 esclavos al puerto. Otros historiadores, como Orlando Fals Borda, han explicado cómo esa economía esclavista dejó una huella sociocultural que aún palpita en los barrios marginados de la ciudad.

Cartagena vivió una riqueza que no le pertenecía moralmente. Y esa contradicción histórica aún resuena, aunque la ciudad intente cubrirla con palenqueras sonrientes, balcones floridos o restaurantes para turistas europeos.

Y ahora llega la otra ciudad, la que me ha tocado ver: la Cartagena contemporánea, transformada en motor turístico, en vitrina de la región, en escenario de bodas de lujo, convenciones, cruceros y selfies. Una Cartagena que brilla más que nunca y que, paradójicamente, convive con una desigualdad tan profunda como la que heredó de su pasado.

La OCDE en su estudio “Colombia: políticas de turismo para un desarrollo sostenible” señala a Cartagena como uno de los destinos con mayor crecimiento en América Latina, pero advierte que su modelo turístico “no puede sostenerse sin reducir la desigualdad socioeconómica que lo rodea”. El organismo observa que mientras el Centro Histórico reporta indicadores comparables a ciudades europeas, barrios como Olaya Herrera o Nelson Mandela presentan niveles de pobreza que superan el 40%.

La ciudad progresa, pero se nota que aún busca reconciliarse consigo misma. Hoy Cartagena es un polo de desarrollo, una fuente de empleo, un símbolo del Caribe colombiano. No sería justo desconocerlo. El turismo ha dinamizado sectores enteros: hotelería, gastronomía, transporte, comercio. Lo sé, lo hemos visto. Las cifras del Ministerio de Comercio dan cuenta de un incremento constante de visitantes internacionales y de inversiones en infraestructura hotelera. Pero mientras observo ese crecimiento, me pregunto: ¿Puede una ciudad realmente progresar sin reconciliarse con su historia? ¿Puede Cartagena ser plenamente libre si aún convive con las sombras de una servidumbre transformada, pero no erradicada?

La escritora Adelaida Fernández Ochoa, autora de La hoguera de las ilusiones, lo expresó con claridad al referirse a la Cartagena afrodescendiente: “Las ciudades que niegan su pasado esclavista condenan a sus habitantes a repetir las jerarquías del ayer, solo que con ropajes modernos.”

Quizá por eso, cada vez que veo las murallas iluminadas para la foto perfecta del turista llenas de navidad, pienso en el silencio que guardan. En lo que no cuentan. En lo que aún debemos contar.

No se trata de culpar al turismo ni de negar su aporte. Todo lo contrario. Se trata, tal vez, de recordar que el desarrollo debe caminar de la mano de la memoria. Que si Cartagena quiere seguir siendo orgullo nacional, debe primero ser justa con quienes le dieron, literalmente, su fuerza y su vida.

El reto, como en tantas cosas de nuestra nación, no es borrar la historia, sino integrar sus lecciones. No es maquillar el pasado, sino comprenderlo para que el progreso sea algo más que una postal bonita.

La Cartagena que yo he visto, la que camina entre murallas y rascacielos, entre palenqueras y ejecutivos, entre pobreza y glamour, es una ciudad en transformación permanente. Una ciudad que puede ser ejemplo de desarrollo inclusivo… si decide contarse completa, no por fragmentos. Porque solo las ciudades que se atreven a mirar sus heridas pueden realmente avanzar


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