Las lágrimas de dolor de Johanna Andrade por haber perdido la posibilidad de vivir en su natal Gramalote, son incontables. Su pueblito, como ella le dice de cariño, quedó destruido e inhabitable desde mediados de diciembre de 2010, cuando la tierra se lo tragó por completo.
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A 11 años del episodio más horrible de su vida, la mujer de 38 años, ojos negros, pestañas largas y una sonrisa que parece esconder el llanto que cada día la detiene en sus actividades diarias, aprendió a usar su tristeza como medio de inspiración para consolidar una idea renovadora que cambió su vida radicalmente.
Para 2019 Johanna comenzó a notar que las fotografías que ella conservaba en las paredes blancas de la sala, el comedor y los pasillos de su estrecha casa, le ayudaron a sobrellevar el dolor de no poder habido continuar su vida en Gramalote, como soñó desde niña.
Por el contrario, vive a media hora del antiguo pueblo, en una vivienda que le dio el gobierno hace años, como reposición por haber quedado damnificada, ella y su familia, en la tragedia.
Así fue como nacieron los cuadros ‘Cucu’, piezas fotográficas pegadas sobre tablas de madera, con medidas de 15 x 15 y de forma cuadrada con los que, según Johanna, las personas pueden tener la posibilidad de sobrellevar el dolor que aún sufren por haber salido de Gramalote.
Aunque parece una idea salida de lo normal, funcionó en Johanna. Ella notó, hace dos años, que las docenas de fotos que tiene colgadas en su casa le ayudan a ver que eran felices antes, en su tierra. Los momentos alegres que se plasmaron en el papel parecen enviarle a la mujer un mensaje de que pueden seguir demostrando que no se rinden, pese a la adversidad más grande de su vida.
Muchos no lloran por haber perdido las cosas materiales, sino porque su meta en la vida era vivir hasta el último día allí, pero por designios de la naturaleza, no fue posible. En otras palabras, pueden afrontar su presente teniendo en cuenta lo felices que eran hace 11 años.
La filosofía que ella maneja con los ‘Cucu’ es que las personas pueden llenar con buena energía los lugares. ‘Bautizarlos’ como espacios en los que se le rinde homenaje a los momentos agradables. Lugares como la oficina, el dormitorio, la sala y demás puntos donde la persona estará la mayoría del tiempo.
“Son pocos los fotógrafos que retratan momentos desagradables. Por el contrario, la gente guarda momentos que valen la pena, pero, a veces éstos fueron antes de una tragedia, como la de Gramalote… En ese caso, las fotos sirven para rememorar lo malo y darnos la fuerza para seguir adelante”, aseguró Johanna.
Su motivación
Ver que las personas que habían perdido su pueblo en diciembre de 2010 pueden sentirse mejor al ver sus fotos, es una idea que motiva a Johanna a seguir trabajando en el arte de la fotografía, mismo que ha amado desde que su papá Nelson Andrade, un popular fotógrafo del pueblo, comenzó a enseñarle los trucos y gajes de su arte.
“Mi meta es rescatar los recuerdos y llenar las paredes de amor. La verdad es que cuando se colocan los cuadros en las paredes de un lugar visible, llena ese lugar de amor. En momentos de nostalgia la persona se traslada en el tiempo y vuelve a tener presente ello. Es una buena terapia contra la tristeza”, explicó la mujer.
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‘Llenar de amor los espacios’ hizo popular a Johanna. Varias personas que aún lloran por Gramalote y, actualmente, viven en municipios aledaños como Lourdes y Villa Caro, comenzaron a adquirir los ‘Cucu’, en los que restauraron fotos antiguas: de sus seres queridos, en las casas, los diciembres e infinidad de momentos que, a su manera, hacen felices los corazones de los gramaloteros.
Estos clientes comenzaron a colgar las piezas en su sala, en los dormitorios o, incluso, en la oficina Al verlos, sus mentes recordaron el momento allí plasmado, ‘recargándose’ de buena energía y dejando a un lado la tristeza. Se convirtieron en una ‘medicina’ contra la tristeza.
Johanna explica que es inhumano que las personas que vivieron en Gramalote no sigan llorando a su pueblo natal, ubicado en aquel entonces a una hora y media de Cúcuta.
En el caso de ella, la nostalgia la invade al recordarlo con cada sorbo de tinto que a diario se toma, y la hacen recordar la gloria de su tierra, de donde salían en época de cosechas camiones repletos de costales de café.
Su acento, el que no ha cambiado con el paso de los años y su casa, la que se ubica en el Nuevo Gramalote, exactamente en la Manzana 25 Casa 8ª del sector Los Santos, pero que nunca va a reemplazar la vivienda en la que se crió, la cual se localizaba el cerca del parque principal del que hoy es un pueblo fantasma.
Sus clientes
Belén Guzmán, de 38 años, y Johanna comparten su gusto por la fotografía, el orgullo de ser gramaloteras y haber soportado la tragedia de 2010. Ella cuenta con orgullo que los cuadros ‘Cucu’ le ‘salvaron la vida’.
Belén lleva en su corazón la herida de la pérdida de su amada hija; cada día al ver las fotografías junto a sus familiares, recupera el aliento y las ganas de superar la tristeza.
“Los primeros tres años del duelo son los más difíciles y con ver las fotos de lo bonito que uno ha vivido, se llena de felicidad porque sabe que puede con todo”, comentó Guzmán.
Como ella hay docenas de personas que han podido tener en los ‘Cucu’ una terapia contra la tristeza. Actualmente se llegan a vender mensualmente hasta 40 ejemplares, muchos de ellos para los gramaloteros que quieren tener en su casa las fotos de los buenos momentos.
Sobre la tragedia
El diciembre de 2010 es una fecha que jamás olvidaran los gramaloteros. El país enteró se paralizó con la noticia de que la tierra se tragaba lentamente el casco urbano de un pueblo. Para muchos era como si la naturaleza les estuviera dando un escarmiento.
Se lograba ver como el rugido del cerro de La Cruz, ubicado en la parte alta del pueblo, hacía trizas los árboles, agrietaba las imponentes viviendas y atravesaba cada calle con los sonidos del cemento cayendo al piso.
Muchos gramaloteros aún creen que la tragedia que se tragó a su pueblo, ubicado para aquel entonces a una hora y media de Cúcuta, fue una maldición que provocó que el cerro de La Cruz se viniera sobre el casco urbano y derrumbara todo a su paso.
El dolor de muchos de ellos por ver como sus propiedades, que con tanto esfuerzo en las labores del campo, había podido comprar y los enceres que habían reunido con el paso del tiempo, yacían desechos e inservibles.
Algunos de los cerca de 3500 damnificados que dejó la tragedia, debieron salir corriendo con rumbos desconocidos, en camiones repletos de sus enceres, antes de que se los saquearan.
Muchos de ellos buscaron ayuda de familiares, mientras que otros se quedaron en los diferentes albergues que se dispusieron para darle un techo a las cientos de familias que lo acababan de perder todo.
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Años después pudieron volver al campo, pero esta vez en el Nuevo Gramalote, que lejos de ser un pueblo parece una urbanización de casas blancas de dos pisos, idénticas todas, a las que las familias acostumbradas a la amplitud de sus antiguas residencias poco a poco tuvieron que adaptarse.
Algunos pobladores del lugar incluyen en sus relatos que cuando recién llegaron muchos entraban a las casas de sus vecinos por equivocación, pues no las podían diferenciar porque eran iguales.
“Cuando uno veía era los muebles diferentes y le decía uno a la persona que estuviera ‘ay, qué pena, vecino’, decía uno, pero daba más risa saber que le respondían a uno que también les había pasado la misma equivocación, porque las casas eran iguales y no sabíamos cual era cual”, explicó un poblador de la zona.
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