Por momentos, los indicadores bursátiles suben, para luego caer en pocos minutos, en la medida en que las encuestas dicen que Hillary Clinton, unas veces, o Donald Trump, otras, ganará las elecciones presidenciales de Estados Unidos.
La situación tiene más que inquietas a las bolsas de valores de todo el mundo.
Y no es para menos. Con Clinton no habrá cambios en el manejo económico de la mayor potencia mundial. ¿Para qué, si el presidente Barack Obama ha logrado, durante sus dos gobiernos, cuadrar las cuentas y estabilizar los bolsillos de todos los estadounidenses?
Con algunos ajustes para garantizar servicios sociales como el seguro médico podría ser suficiente. Total, la gran economía, a pesar de su gigantesco déficit fiscal (unos 534.000 millones de dólares), en el caso de Estados Unidos parece andar sola.
El problema es Trump, cuyo repunte en las encuestas tiene a los analistas financieros buscando eventuales escenarios económicos y financieros inesperados, a pesar de que el propio candidato ha hablado de lo que hará, si acaso asume…
La victoria del candidato republicano es tenida como algo inesperado, una gran sorpresa, un hecho inquietante. Como presidente, estará a cargo de la más poderosa economía y del más poderoso ejército del mundo.
Y todo eso, en manos de alguien que promete replantear cuestiones fundamentales de las relaciones de Estados Unidos en la economía y la defensa, es apenas lógico que recaliente los mercados financieros.
Trump ha cuestionado con dureza los tratados de libre comercio de su país y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), la alianza defensiva más importante de Estados Unidos y de Europa, clave para la paz global del planeta.
El comportamiento del mercado financiero, sensible como ninguno otro, se debe a la manera como se disputa la sucesión de Obama: voto a voto, con Hillary Clinton perdiendo una ventaja que llegó a ser de seis puntos y un Trump que ha recibido el inesperado apoyo del FBI, que anunció una nueva investigación por el uso de un servidor privado por parte de ella para el manejo del correo del Estado.
Para muchos electores, Donald Trump es lo nuevo en el mercado electoral, y eso lo hace atractivo entre votantes que poco entienden de postulados políticos, pero sí mucho del dólar de más o de menos en su bolsillo.
La candidata demócrata tiene una desventaja que jamás podrá superar: ella misma, como representante del clan Clinton, que despierta recelo incluso entre los demócratas más mesurados, por los entronques que tiene ella con los sectores más voraces del capital estadounidense.
El fin de semana será frenético: solo quedan cinco días para una decisión que será definitiva para la economía y la paz mundiales, aunque no lo parezca. No tanto por la demócrata, política de tiempo completo, diplomática y pragmática, sino por el republicano, fenómeno mediático producto de la televisión y sus millones, deslenguado, sexista, desconocedor absoluto de la política internacional y para el que la diplomacia existe solo en la medida en que sea una imposición, racista y xenófobo.
Clinton aún tiene ventaja, y tal como están las cosas hoy, casi que tiene asegurada su victoria, estrecha, pero definitiva. Pero con las sorpresas que ha habido en las urnas británicas y colombianas en las últimas semanas, cualquier cosa puede suceder. Por desgracia.
