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Editorial
Viejo Gran Partido
Trump no solo logró unificar a los latinos en contra de su nombre, sino que los arrimó al partido demócrata.
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Viernes, 22 de Julio de 2016

Antes que ganar la presidencia de Estados Unidos, el candidato republicano, Donald Trump, deberá reparar las enormes grietas que le ha causado a su partido, y esta tarea es, por ahora, más dispendiosa —casi imposible— que la otra.

El GOP (Grand Old Party), como se conoce al partido republicano, es hoy un recuerdo difuso del Viejo Gran Partido, por razón de Trump y todo lo que significa: está atomizado en segmentos irreconciliables, desorientado, cayendo en barrena.

Pero, y esto no se puede desechar, también por razón de sus muy graves errores estratégicos, que lo han llevado a ser percibido como un enemigo visceral de los inmigrantes, en especial los de origen centro y suramericano: los latinos.

Con sus ataques persistentes a los mexicanos, a los que llamó violadores, Trump no solo logró unificar a los latinos en contra de su nombre, sino que los arrimó al partido demócrata, por el que han votado mayoritariamente en todos los estados, exceptuando Florida, donde los cubanos son republicanos.

Pero, a pesar de que los 25,4 millones de electores hispanos inscritos para votar no configuran un bloque homogéneo, han sido capaces de influir en las más recientes elecciones presidenciales, como la de Barack Obama.

El respaldo al partido demócrata se observa en la última elección legislativa, hace dos años, cuando 62 hispanos votaron por ese partido, por cada 36 que lo hicieron por republicanos. Esa ha sido la proporción en varios lustros.

Defensor natural e insustituible de los que llaman valores tradicionales, de la familia, de la iniciativa individual, el partido republicano no pudo encontrar un candidato peor que Trump: contradictorio, calumniador, pendenciero, atrabiliario, lenguaraz  y soberbio. En lo único que coinciden públicamente partido y candidato es en el sentimiento racista y en el espíritu xenófobo.

Solo que ni el partido ni Trump se dan cuenta de que ir en contra de los latinos, en especial de los mexicanos, es perder el apoyo del 17 por ciento de toda la población estadounidense y de la mayoría de los votantes que hablan español.

Tampoco les será fácil, a la campaña y al partido, superar la resistencia que les ofrecen los negros, a los que Trump ha golpeado con cierta vehemencia en sus discursos. Incluso, alguna vez los expulsó, junto con los latinos, de un mitin que él presidía.

Además del racismo, partido y candidato coinciden solo en otro aspecto: la candidata demócrata, Hillary Clinton, a la que algunos líderes republicanos han pedido encarcelar, por el uso de su correo electrónico privado para tratar asuntos de Estado, y a la que Trump detesta en privado, porque sabe que lo derrotará de una manera aplastante en noviembre.

Es esta quizás la primera vez que el partido republicano se sabe derrotado de antemano, por su culpa: mantiene el mismo discurso excluyente de décadas y se decidió por un candidato presidencial que muy probablemente lo dejará en las arenas movedizas de la política, tratando de no dejarse arrastrar a un fondo del que difícilmente saldrá.

Para resurgir necesitará votos, pero no los encontrará mientras sus líderes, en vez de sumar, resten por miles.

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