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Editorial
Una propuesta peligrosa
Oponerse de manera sistemática a un proceso de paz es triste.
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Miércoles, 11 de Mayo de 2016

Toda resistencia es un desafío, y todo desafío es una provocación, un reto a pelear, a definir una situación de statu quo en favor de uno de dos enemigos o rivales o contendientes o poderes o como se les quiera llamar.

De ordinario, se resiste a un gobierno ilegítimo, a una dictadura, a una ley abusiva, a una decisión salida de los cánones constitucionales o de la costumbre, a los atropellos del poder. En fin, a toda situación oficial que cause daño a quien resiste.

Se hace resistencia a un invasor —Japón lo hizo con los chinos, y Francia y otros países europeos contra el Eje, que lideraba Alemania durante la II Guerra Mundial—, o contra la guerra misma.

En Estados Unidos, en los años 60, los jóvenes se oponían a ir a Vietnam a una guerra que no comprendían, porque no les pertenecía, y, por lo tanto, no la querían pelear. Mucho menos deseaban morir por ella.

Muchos pueblos se han resistido a ir a la guerra, incluso si la consideran justa para los intereses de su país. India es un ejemplo glorioso de un pueblo que prefirió poner muchos muertos y heridos antes que dejarse provocar y retar a pelear contra el poderoso imperio británico.

Resistencia pacífica o resistencia no violenta se llama esa actitud heroica y de leyenda ejemplar que propició, predicó y asumió Mahatma Gandhi durante el primer cuarto del siglo pasado en India.

Sin embargo, hasta ahora, no ha habido un solo movimiento de resistencia a la paz. Nadie, en ejercicio de su sensatez, se ha opuesto de manera sistemática a vivir en la tranquilidad de la no guerra. Hacerlo es ir contra un estado ideal por el que el ser humano hace todos los esfuerzos posibles.

Pero Colombia podría estar ad portas de convertirse en el primer escenario de la historia de una actitud de resistencia a la paz. Sobre todo, en una situación de guerra que se prolonga por casi 60 años.

Es como si el país se alistara para navegar en contravía de la humanidad, en ignominioso gesto de desprecio a la convivencia tranquila como aspiración de millones de seres hastiados de ver sangre corriendo bajo sus propias camas.

No es que persona alguna se hubiera declarado de manera abierta en favor de la guerra, pero sí en contra del proceso de paz, que, en últimas, es lo mismo.

‘Tengo que invitar a los ciudadanos que estamos con estas preocupaciones (sobre el manejo que el gobierno le ha dado a la guerrilla), a que actuemos en los próximos días. Cómo vamos a resistir civilmente esto”, dijo el expresidente Álvaro Uribe en una entrevista en televisión.

Pero no midió el alcance de sus palabras, que pueden ser interpretadas de tantas maneras como estados de ánimo tengan las personas que lo siguen en sus planteamientos y en sus acciones.

Podrían esas palabras —ojalá que no— ser motivo para que un campesino radical y agresivo la emprenda a golpes, cuando menos, contra el vecino que cree en las bondades del proceso de paz y de la paz misma, y dar comienzo de nuevo a la tragedia que nos tiene sin distinguir entre la paz y la guerra, entre el bien y el mal, entre la infamia y la dignidad y la decencia.

No puede, bajo ninguna circunstancia, alguien que ha usufructuado todas las ventajas del poder, todos los honores, equivocarse por irreflexión, solo porque tiene que seguir demostrando que es opositor de 24 horas…

Oponerse de manera sistemática a un proceso de paz es triste, es desear que más soldados y policías y guerrilleros y gente inocente siga cayendo herida o muerta y más sangre siga corriendo, y todo por no perder oportunidad de decir algo y de que lo publiquen.

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