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Editorial
Una, dos derrotas...
La opinión pública considera que ante Nicaragua hemos perdido una tras otra dos lides territoriales importantes.
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Domingo, 20 de Marzo de 2016

No hay quién niegue que Sir Winston Churchill fuera un estadista en todo el sentido de la palabra. Es el prototipo del estadista moderno. Su liderazgo fue definitivo para salvar a Europa —y tal vez al mundo— del cataclismo fascista.

El Estado, todo, le cabía en la cabeza, y conocía todos los vericuetos de la Constitución del Reino Unido, tan amplia y tan diversa, que aún no ha podido ser codificada. Churchill sabía todo lo que era necesario saber de su país.

El resto lo conocía su esposa, Clementine Hozier, a quien unos periodistas le hicieron ver que a él como estadista le faltaba saber de cocina británica. “Esta es la mejor oportunidad de demostrar que como estadista es insuperable”, reviró ella. “Él no sabe de cocina, pero tiene cerca a la persona que mejor sabe de esas cosas: yo… No es posible que el jefe de un país lo sepa todo; pero no se le puede perdonar que no tenga cerca a alguien que sepa lo que él ignora, así no es un estadista…”

La anécdota vale en estos días en que se cuestiona la gestión de la cancillería colombiana en torno del litigio limítrofe con Nicaragua. Sugieren los críticos que la ministra Holguín se dedicó a recorrer el mundo, no para informar de las pretensiones expansionistas de Managua, sino para promocionar todo lo relacionado con el proceso de diálogo con las Farc.

Desde cuando Colombia decidió incumplir el fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya, que le entregó 75.000 kilómetros cuadrados de mar a Nicaragua, Colombia debió dedicar su Cancillería a dos cosas: a buscar el mejor equipo defensor posible, y denunciar el encierro de los sanandresanos raizales y a informar de las acciones en defensa del Caribe, plantean los comentaristas.

Desde luego, la responsabilidad política última de lo que no se hizo o de lo que se hizo equivocadamente en relación con Nicaragua, es del presidente Santos. Es el jefe del Estado. Y, en cierto modo, es un estadista, obligado a estar pendiente de todos los hilos del tinglado del Estado y del Gobierno.

No está obligado a saber de todo, como lo dijo la señora Churchill, pero sí a tener cerca a las personas que mejor saben lo que él ignora. Y, en esa situación, es la canciller Maria Ángela Holguín la persona en la que el presidente confió.

La opinión pública considera que ante Nicaragua hemos perdido una tras otra dos lides territoriales importantes, y no en el campo de batalla, sino en los bufetes de los abogados internacionalistas y de los magistrados de la CIJ. Y, por lo menos hasta ahora, muy pocos comprenden el porqué de las derrotas.

Si el presidente Santos considera que su ministra de Relaciones Exteriores es la mejor opción posible, pues está en su derecho de mantenerla al frente de los intereses más caros de la soberanía colombiana: el Archipiélago de San Andrés y Providencia y el mar Caribe, en donde nuestras defensas fueron barridas ya dos veces en un año, y La Guajira, donde las siempre han sido a otro precio.

Pero, contundente, la opinión pública cree que el presidente está equivocado con la ministra. Nicaragua se lo ha demostrado con una cancillería desprovista de los pergaminos y los blasones de la nuestra, dedicada a defender, ellos sí en serio, sus más altos intereses.

Para los analistas, el gobierno tendrá que revisar, de manera inmediata y en detalle, toda su política exterior y los recursos en que se sustenta, pues creen que otra derrota diplomática, en el campo que sea, sería desmoralizante para todos.

A menos que, como Winston Churchill, el señor Santos diga que vamos “de derrota en derrota hasta la victoria final”. Desde luego, tendría que tener en cuenta que algo va de Pedro a Luis.

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