Desde que estallaron los enfrentamientos entre el Eln y la disidencia del 33 frente de las Farc, en el Catatumbo, se escucharon advertencias que hoy cobran vigencia, en cuanto al real número de víctimas fatales.
Se trata de uno de los tantos lados oscuros del conflicto armado, que no es nuevo ni aquí en la región ni en otras partes del país en desarrollo de la violencia.
Siempre ha ocurrido lo mismo. Sucedió cuando esta región del departamento tenía una fuerte presencia de la guerrilla. Ocurrió después con la arremetida paramilitar y se presenta hoy, en esta inusual confrontación sostenida entre dos organizaciones armadas ilegales que decían luchar por el pueblo, pero en la actualidad se disputan el control de la economía ilegal del narcotráfico.
Esta guerra que ha tenido movimientos de combatientes muy parecido a lo que en su momento hicieran las antiguas autodefensas, persecuciones casa a casa y el uso de drones armados con explosivos, en una demostración sobre como va mutando el enfrentamiento bélico.
Pero en lo único que no cambia, porque se trata de una de sus características, es esa especie de invisibilización de muertos para disminuir número real de personas que han perdido la vida en medio del fragor de las armas.
En los ocho meses que completa el Catatumbo sometido a esta lucha desatada entre elenos y disidentes, los datos oficiales hablan de 160 homicidios, entre los que se encuentran cuatro firmantes e paz, tres líderes sociales, 141 civiles y 10 menores de edad. Ese es el boletín emitido por las autoridades.
Pero dicha cifra se quedó pequeña, pues la realidad nos indica que pudiera llegarse a 300 o más las víctimas mortales de este solo episodio que todos los días tiene más pasajes dramáticos, como el de las dos personas asesinadas por la disidencia de las Farc y sus vehículos incinerados, en una acción que fue grabada y difundida por redes sociales.
Entonces nos encontramos ante un hecho que merecerá que una comisión especial de la verdad se encargue de investigar y determinar todos los hechos ocurridos, dándole un capítulo especial a las víctimas, puesto que aquí pudiéramos estar también ante desaparecidos y al obvio subregistro.
Establecer el número real de personas que perdieron la vida, su identificación y la precisión sobre quiénes se esfumaron por haber sido sepultados en fosas comunes, lanzados al río o nunca sus cadáveres, es una cuestión de humanidad, para que las familias cierren el duelo.
Además, este hecho concreto conocido como la ‘guerra del Eln y la disidencia en el Catatumbo’ merece, igualmente, un análisis y una profundización sobre esa transformación del conflicto y de la influencia que el negocio de la cocaína provoca, hasta llevar a organizaciones como las que hoy siguen combatiendo entre sí por controlar aquella subregión de Norte de Santander.
Los muertos que no se cuentan en el Catatumbo es la clara confirmación de como ese lado oscuro del conflicto debe ser cubierto por la luz de la verdad para no permitir la minimización de este grave suceso que ha provocado una de las peores emergencias humanitarias en el país, en cuanto al desplazamiento de personas. La verdad debe brillar en este absurdo conjunto de hechos sangrientos en el territorio catatumbero.
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