Suscríbete
Elecciones 2023 Elecciones 2023 mobile
Editorial
¿Silencio temeroso?
Colombia se ha limitado a acatar, silenciosamente, todo lo que han decidido los presidentes de la revolución socialista y bolivariana.
Authored by
Martes, 13 de Diciembre de 2016

Por costumbre se le llama frontera colombo-venezolana, porque se supone que está entre dos países, que además tienen iguales derechos y deberes respecto en relación con ella, como lo dicen con claridad todas las normas internacionales.

Pero, en la práctica, el manejo es exclusivamente de Venezuela. Colombia se ha limitado a acatar, silenciosamente, todo lo que han decidido los presidentes de la revolución socialista y bolivariana. E, incluso, algunos de sus gobernadores…

Alguna vez, fantoche él y prepotente, el coronel Hugo Chávez ordenó incluso en una ocasión desplazar diez batallones, tanques de guerra y aviones hacia la frontera con Colombia. Un año después repitió la historia. Lo bueno de la situación es que o los militares desobedecieron, o no tenía los tanques con los que alardeaba, pues jamás llegaron.

Pero la respuesta colombiana fue su acostumbrado silencio, a pesar de que cada cierre afecta en materia grave a miles de colombianos de ambos lados, como ocurrió cuando el cierre del paso por un año ordenado inconsulta y sorpresivamente por el presidente Nicolás Maduro.

Esta vez, en un intento por ponerle freno al imparable desmoronamiento del bolívar, como si fuera la puerta de su casa, Maduro ordenó, nuevamente y sin consultar con el gobierno vecino, como ordenan las leyes internacionales, cerrar la frontera. Pero solo vigilar estrechamente esta. No las de Venezuela con Brasil o con Guayana, por ejemplo.

Y, acá, como si no nos hubiéramos percatado. Ni una sola pregunta, ni una protesta, nada. Silencio… Es como si se tuviera miedo de hacer ruido mientras en Caracas gritan y ofenden y el parlante destemplado de Táchira se desgañita.

A raíz del largo cierre, durante el que Venezuela impuso todos sus criterios, hubo acuerdos que, se suponía, serían definitivos. Pero ni siquiera el de la tarjeta fronteriza se cumplió, por razón de Venezuela, que no explica por qué no tiene hoy en ella el interés que desplegó ayer.

Para todo lo que se relacione con la frontera hay que tener el beneplácito del vecino país, y eso es obvio. Pero en ninguna decisión de Caracas se ha buscado el mismo beneplácito colombiano, que sepamos por lo menos. Allá, lo demuestran todos los días, nada saben de derecho, pero sí mucho de vías de hecho.

No se trata de que Colombia aplique la ley del diente por diente, ojo por ojo, pero sí de que en Cancillería, e incluso en la Presidencia, una voz diga basta y de paso exija respeto no solo por los nortesantandereanos y limítrofes, sino por todo el país, con el que Caracas pretende jugar su juego del embudo.

Los habitantes de la frontera sentirían orgullo de una actitud que plante a los revolucionarios del otro lado en lo que tiene que ver con los intereses comunes: acá sentirían que la orfandad en la que se sienten es solo producto de la percepción sobreestimulada por las circunstancias, y no parte de una política de Gobierno que se manifiesta en el silencio, en el no pasa nada…

Una voz, una sola, desde Bogotá, haría olvidar la inactividad absoluta de las autoridades regionales, pendientes solo de pasar el tiempo, despreocupadas y sin el arresto necesario para de vez en cuando responder también a gritos. Que algunas veces es necesario.

Temas del Día