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Editorial
Si te he visto, no me acuerdo
Centenares de niños y adultos cruzan cada día hacia Colombia en busca de buena educación.
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Martes, 13 de Septiembre de 2016

Tantos afanes, tantas presiones, tantos clamores en busca de que Colombia se allanara y, de algún modo, accediera a aparecer como corresponsable del cierre inconsulto y sorpresivo de la frontera con Venezuela, parece que solo tenían un fin oculto: quitarle parte de la enorme presión popular que acogotaba y hacía temblar al desastroso gobierno de Nicolás Maduro.

El inefable y lenguaraz gobernador José Vielma dejó de hablar y, por lo tanto, de ofender a Colombia; la cancillería no volvió a decir esta boca es mía; el presidente Maduro siguió, como siempre, desentendido, y los demás venezolanos perdieron el interés que decían tener en todo lo referente a los asuntos fronterizos. Parece que se curaron de la angustia que los agobiaba, especialmente los empresarios…

Ya ni a las reuniones asisten: las cancelan, a pesar de que temas realmente más importantes que el paso de personas están sin siquiera estudiar, como el que se refiere al transporte y paso de mercancías, por solo citar uno que, en verdad, le incumbe más a Venezuela que a Colombia.

El paso diario de 45 mil venezolanos solo por los puestos fronterizos de Norte de Santander —15 por ciento de ellos no regresa a su país—, es una fórmula que quita mucha presión para que Maduro se vaya: así, hay menos quejas por falta de alimentos baratos, de empleo, de valor adquisitivo, de salud, de estudio… y hasta de recreación.

La situación le está creando a Colombia problemas que, aunque por ahora no se ven con claridad, sin duda se complicarán, por ejemplo en la medida en que en algunas ciudades la necesidad de empleo de los colombianos chocará con una realidad que se acentúa: los puestos de trabajo los tienen venezolanos a los que les pagan menos de lo legal, como ya lo han señalado algunas denuncias.

Informes de prensa han revelado en los últimos días una invasión silenciosa a ciudades colombianas incluso alejadas de la frontera, cuyos bares y prostíbulos están llenos de venezolanas, que permanecen en Colombia con estatus migratorio irregular y su grande y potencial carga de problemas de salud.

La atención de enfermos también es inquietante, hasta el punto de que el propio gobernador de Norte de Santander tuvo que declarar el sector en emergencia, con base en hechos como la dificultad del hospital Erasmo Meoz para continuar con la atención de pacientes venezolanos graves, sin recibir pago alguno.

Centenares de niños y adultos venezolanos cruzan cada día hacia Colombia en busca de buena educación, y eso también le genera costos irrecuperables a este país.

En resumen, Venezuela logró reabrir su frontera sobre culpas infundadas de su país vecino, al que le trasladó varios problemas, y de paso alivió los reclamos y las exigencias para que Maduro entregue el poder.

Con esto materializado, se desentendió de todo, en una actitud que recuerda las imágenes de la ingratitud y del oportunismo, en una situación en la que Caracas podría, sin sonrojarse, como lo acostumbran algunos de sus líderes, a expresarse a la manera del pueblo: “si te he visto, no me acuerdo”.

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