Por alguna razón, que tiene que ver con el manejo discursivo, Venezuela ha hecho creer que el inconsulto cierre fronterizo que decidió su presidente, Nicolás Maduro, lo decidió Colombia.
Maduro no lo ha declarado taxativamente, pero su gobernador de Táchira, José Vielma, lo da a entender en cuanta oportunidad mediática tiene, en actitud permanente que hace ver a algunas autoridades colombianas como si fueran una especie de elenco de su guiñol.
La frontera la cerró Maduro en decisión unilateral e inconsulta, en lo que hoy parece más el resultado de un arrebato de soberbia que una medida sensata y lógica y, sobre todo, fundamentada en las razones que argumentó en su día, y que Vielma repite casi siempre sin saber a qué se refiere.
Las razones fueron la supuesta actividad de paramilitares colombianos en la zona fronteriza de Táchira, el contrabando en ambos sentidos, y la escasez de víveres en Venezuela, que Maduro atribuyó al ‘bachaqueo’ hacia Colombia.
Pues bien. Exactamente un año después, el paramilitarismo vive y crece, y ya no por acción de colombianos —como dijeron y no probaron—, porque a todos los que había los deportaron a las patadas. El paramilitarismo es venezolano, sin duda: el cierre debió obligar a Venezuela a estrechar sus controles y, con ello, a impedir que personas penetren a su territorio de manera ilegal.
Ayer nada más, los que Vielma y Maduro llaman paramilitares, paralizaron el transporte en San Antonio, de la misma manera que durante tres días hicieron en Colón y La Fría.
El contrabando en ambos sentidos continúa como si nada, y prueba de ello son los decomisos que acá hace la Policía Fiscal y Aduanera (Polfa). Y la escasez de víveres es tan grave en toda Venezuela, que basta recordar los multitudinarios cruces de venezolanos a Colombia en busca de alimentos durante dos domingos seguidos, que no queda duda de lo que sucede más allá de la frontera.
Las razones venezolanas para el cierre, no han desaparecido. Al contrario, se han acentuado y al gobierno de Maduro nada de esto le preocupa. O, al menos, no demuestra que hace algo para superar la pasividad que el mundo percibe.
Esto lleva a preguntar si Venezuela está lista para reabrir la frontera, si la palabrería de Vielma es más que eso, si de verdad tienen todo dispuesto para que los controles que anuncian y se esperan se puedan concretar.
La corrupción de los militares y otros funcionarios venezolanos tiene que ver bastante con la duda de si el país vecino está listo o no para la que ya se sabe que será una nueva frontera, en la que la reciprocidad, el rigor, la rapidez y la eficiencia en el servicio deben ser ejemplares.
Porque mientras un año después Vielma sigue prometiendo que “vamos a encontrar y a destruir el contrabando que alimenta una cadena criminal y a tener una frontera más decente y armoniosa, en la que no seamos sometidos por ninguna banda criminal, ningún paramilitar o ningún enemigo de la paz”, la realidad en ciudades y campos fronterizos de Táchira es muy diferente.
Y eso no solo genera dudas sino que preocupa. Y mucho.
