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Editorial
¿Se acerca el fin?
La historia dirá si, realmente, el presidente de Siria, Bashar al-Asad, es el responsable del uso de armas químicas.
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La opinión
La Opinión
Miércoles, 5 de Abril de 2017

Como sea, es una matanza infame, criminal, de cuyos responsables nada se sabrá, salvo especulaciones y sospechas fundadas, pero no comprobadas, al menos durante unos cuantos años. Atribuirla a alguien, aunque no la haya cometido, es la costumbre y parte fundamental del objetivo.

Es una masacre de inocentes que indica que, muy seguramente, llegó el fin de la dictadura del feroz Bashar al-Asad en Siria, donde las grandes potencias han sufrido desgastes inútiles desde hace varios años, tratando de sacar al presidente, unas; apoyándolo, otras; soportándolo, el mundo entero.

Solo la historia dirá si, realmente, al-Asad es el responsable del uso de armas químicas hace tres días en Jan Sheijun. Ya, sus aliados rusos admitieron que hubo bombardeo, pero que los gases que mataron a 72 personas, entre ellos varios niños, y dejaron intoxicado a centenares, estaban en un polvorín de la oposición que voló cuando estallaron las bombas del gobierno en ese bastión rebelde.

No es el primer bombardeo químico en Siria en la guerra. En 2013, en Guta, ciudad cercana a Damasco, la capital, agentes químicos mataron a 1.400 personas. Pero, según cuentas independientes, el del martes fue el tercer episodio con armas químicas en una semana.

Episodios como estos, que generan escándalo mundial, han sido, en algunas ocasiones de guerra, provocados por enemigos de un gobierno duro de remover, a fin de generar una matriz de opinión en el mundo entero, que determina la caída en medio del repudio generalizado, encabezado por los gobiernos.

La guerra de Siria es el epílogo de la famosa y sangrienta, y de todos modos inútil Primavera Árabe. Allí, el movimiento que comenzó en 2010 con la revuelta de los saharauis de Marruecos, se transformó en guerra, principalmente porque Rusia intervino de manera directa.

Hay dos razones para que Rusia sea la principal y única potencia que apoya a al-Asad: es el proveedor de armamento para sostener la guerra, y en Tartús está una base militar que es la única y privilegiada ventana rusa sobre el Mediterráneo.

Desde luego, Rusia dice que la razón para apoyar al gobierno sirio radica en su afán por evitar que desde Siria, vía Irak e Irán, los extremistas musulmanes de la yihad penetren a Rusia a través del Cáucaso, cuento con el que muchos sonríen.

Irán, chiita como al-Asad, no quiere moverse de Siria, aunque se haya ganado la ira de los kurdos, mientras Estados Unidos, Francia y Reino Unido, en coalición contra el Estado Islámico, buscan sacar al presidente al precio que sea.

Precio que podría incluir alentar a alguien a que use armas químicas, para culpar, como de hecho ya lo hizo la propia ONU, al régimen y, así, tener excusas para presionar la salida, con el apoyo de la siempre dispuesta Otan.

Quién disparó las armas, políticamente ya no importa. El interés está mucho más centrado en la responsabilidad que quizás tenga al-Asad. Todos saben que el desgaste económico, político y militar ha sido brutal, así que salir del dictador al-Asad traerá muchos beneficios.

No a todos, claro, como los rusos, pero así son las cosas con la guerra: unas son de cal y otras de arena.

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