Revisar y contrastar recientes mediciones socioeconómicas de Cúcuta traen la sorpresa de estar ante una ciudad que pese a calificar como tormentoso su presente, tiene un nivel de confianza del 45,5%, de que todo cambiará para bien.
El siguiente encabezado de la noticia publicada en La Opinión lo confirma: A pesar de los altos indicadores de pobreza, desempleo e informalidad que se evidencian en la ciudad y de que el 16,4 % de las familias en Cúcuta no tenga para consumir tres comidas al día, los cucuteños son los que tienen más perspectiva positiva frente al comportamiento futuro de la economía y de la capacidad de consumo, superando la media nacional que es del 35,4 %.
Sin embargo, bien lo expuso un analista de que esto hay que ‘tomarlo con pinzas’ porque son percepciones, expectativas y variables subjetivas y, además, todavía el indicador de confianza del consumidor sigue por debajo del 41% desde la llegada de la pandemia.
Bueno, pero tampoco podemos demeritar eso, porque quienes tienen la obligación real de responderle a ese optimismo ciudadano son los gobernantes, los inversionistas, el empresariado y las organizaciones gremiales.
Que los habitantes de la capital de Norte de Santander se hayan expresado así en la encuesta de Pulso Social que aplicó el DANE, debería tenerse como la expresión de una sociedad que en medio de las tribulaciones que enfrenta, está tendiendo puentes para que los sectores público y privado actúen hacia el desarrollo y consolidación de proyectos y de políticas que realmente le pongan un freno y empiecen a llevar hacia un dígito los más agobiantes problemas.
Que la ciudad esté por encima con 10,1% sobre los volúmenes de confianza nacionales es, además, una prueba de que pese a todo lo que se ha padecido, hay un margen para que el rumbo se enderece y la situación fluya de mejor manera, a partir del año entrante, por ejemplo.
Que una región golpeada con situaciones como la de tener a 424.191 habitantes del área metropolitana en condición de pobreza monetaria y en Cúcuta a un 14,2% de la población con graves inconvenientes para poderse costear lo básico, muestre esperanzas en su futuro, es indudable que requiere un estímulo urgente y adecuado.
Como hace poco lo dijo aquí en la ciudad el presidente nacional de la Andi, Bruce Mac Master, “la única forma de reducir la pobreza de manera sostenible en Colombia es generando empleo para los ciudadanos”, lo obvio aquí es apostarle a eso.
Entonces es indispensable seguir atacando el desempleo que en la última medición marcó 14,8%, en el primer trimestre con una reducción del 7,7% con respecto al mismo periodo del año pasado.
En este frente, como en el de la competitividad, lo lógico no es solo alegrarnos, sino acelerar y trazar metas precisas de corto y mediano plazo para la creación de empleos de calidad, por un lado, y mejorar las condiciones para competir como región. En este punto resulta oportuno lo planteado por Sergio Palacios, presidente de Fenalco: se deben atacar focos como la inseguridad y apostarle a mejorar la formalidad que garantizará la ampliación de la generación de empleo.
Y lo dicho por Guillermo Rangel, director de Acicam que reúne a productores de calzado: para mejorar la productividad hay que atacar problemas como la informalidad laboral, la falta de fábricas de insumos en la región y la ausencia de líneas créditos para el sector.
Entonces lo que se debe de hacer es tomar los datos y diagnósticos y generar ese tan esperado plan de reconstrucción y fortalecimiento del tejido empresarial, de generación de empleo y de toda una estrategia que ayude a volverlo realidad y consistente en el tiempo.
