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Editorial
¡Que siga la fiesta!
El ruido de esas desordenadas e ilegales fiestas callejeras conlleva a enfermedades nerviosas, problemas de sueño y auditivos graves.
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Domingo, 27 de Noviembre de 2016

Los parranderos que van a divertirse a discotecas, tabernas y griles, en Cúcuta y el área metropolitana, salen a rematar la fiesta en la madrugada en el espacio público sin importarles que les estén violando varios derechos a miles de ciudadanos que a esa hora intentan dormir en sus hogares.

Con el cuerpo y la mente alterados por el consumo de bebidas alcohólicas y todavía electrizados por el fragor de la música, numerosos asistentes a los negocios nocturnos, transforman las calles y andenes en rumbeaderos, donde abunda el licor, la bulla alcanza niveles infernales, porque como se forman grupos, se arma una especie de ‘guerra de canciones’, que finalmente se vuelve en un ruido tormentoso.

Como se expuso en el informe ‘Vecinos sobresaltados por la rumba en la calle’, publicado en la edición dominical de La Opinión, el parque Playa, el tramo de la avenida Los Libertadores que va entre el colegio Calasanz y el puente Elías M. Soto, la bahía de San Eduardo, la urbanización Bellavista en Los Patios, en Natilán, Belén y el barrio Aeropuerto, entre otros sitios, sufren de ese ruidoso mal.

Los impactos sobre esos sitios son de diversa índole. La gente que está en sus casas y apartamentos no puede dormir. Detrás de esas estruendosas parrandas llegan la inseguridad y las drogas. El descontrol es total. Como hay vehículos, debe ser obvio que los conductores que están allí van a devolverse a casa o para donde lo decidan, con la peligrosa mezcla de alcohol y gasolina que tantos accidentes ha generado. Las riñas tampoco faltan.

Y la salud también recibe allí un golpe de gracia. El ruido emanado de esas desordenadas e ilegales fiestas callejeras conlleva a enfermedades nerviosas, problemas de sueño y efectos auditivos graves. Los excesos en el consumo de alcohol y de cigarrillos y de sustancias sicoactivas, igualmente les marcan el paso a quienes con la influencia de esos elementos se entregan al place rumbero hasta el amanecer.

¿Y la autoridad? Aquí es donde se debe recalcar que en la ciudad no puede haber zonas o sitios sin Dios y sin ley. A la Alcaldía de Cúcuta y la Policía con  el acompañamiento de entidades como la Defensoría del Pueblo, la Personería y el Bienestar Familiar, les corresponde tomarse esos lugares, liberarlos de esa fastidiosa y anticívica actuación de los borrachos que acostumbran a ver los primeros rayos del sol con licor, música y amigos, en la vía pública, después de pasar la noche en un negocio.

Además del despeje y recuperación de esos sitios, es fundamental prevenir que los parrandistas de madrugada se trasteen y lleven el problema a otro punto de la capital de Norte de Santander. En este aspecto hay que emprender acciones de carácter preventivo y educativo.

Por ejemplo, a la salida de las discotecas o bares, montar una simulación de una fiesta callejera para mostrarles a los clientes que entran y salen si ellos soportarían equipos de sonido a alto volumen mientras duermen o escándalos o peleas entre borrachos.

Aquí es indispensable el ingenio mientras entra en vigencia el nuevo Código de Policía que consigna acciones contra las personas que invaden el espacio público para convertirlo en su bailadero y bebedero, sin importarles los efectos que provoquen en sus vecinos. ¡Que se vayan con su rumba bulliciosa para otra parte!                    

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