Tal parece que nacer en un caserío como Los Cardonales de Guacoche, ahí, junto a Valledupar, hace varias décadas no era garantía de ser culto. Lo hizo ver Emiliano Zuleta en La gota fría, en la que deja muy mal parado al indio chumeca Lorenzo Morales. “¡Qué cultura va a tener, si nació en Los Cardonales!”, le canta.
Hoy, las cosas tienen que ser diferentes. Al menos en ese corregimiento que pasó a la historia universal de la incultura, entendida como la falta de modales de comportamiento, como el de Moralitos, de irse de madrugada sin despedirse.
En cambio, y por lo apreciado en los últimos días, la cultura, los modales, la sindéresis, las buenas maneras y todo lo que se espera de un centro como la Universidad de Pamplona, están en veloz retirada.
En vez de avanzar, ni siquiera se estancan: en la Unipamplona retroceden, al punto en que mañana se podrían cuestionar muchos comportamientos de sus estudiantes y de sus maestros y directivos.
Las verdad, ya están en cuestión, desde cuando se les dio por cambiar los mecanismos electorales para escoger al rector: en vez de ir a las urnas a votar de manera civilizada y democrática, prefieren definir las cosas a puñetazo limpio y con un arsenal de calumnias, injurias y decires más propios de otros establecimientos que de personas que se preparan con el ánimo de dirigir a Colombia.
A menos, claro, que —con violencia y caminando sobre la línea de frontera del Código Penal— sea esa la forma en que pretenden hacerlo.
El hecho insoslayable es el de que, desde hace buen tiempo, Unipamplona no solo está en sino que es el ojo de un huracán de escándalos que amenaza con la destrucción de largos años de exitosa historia científica, académica, cultural, política y de compromiso social, por razón de tener la posibilidad de disponer de un presupuesto de muchos millones de pesos. Solamente la Nación le transfiere 110 mil millones cada año.
La universidad, siempre ha sido así en el mundo, es el epítome de lo mejor de la región donde despliega su actividad. Pero, no solo lo negamos, sino que nos oponemos a que, tal como está hoy, la Universidad de Pamplona sea tenida como lo que somos los nortesantandereanos. No es así.
Una comunidad que privilegia los golpes de toda clase, incluidos los más bajos, la trampa, la violencia, la transgresión legal, la persecución, las acciones rayanas en lo delictivo, el bandidaje, no puede representar a este departamento. No es digna de ello, aunque duela profundamente decirlo y admitirlo.
¿Es, acaso, tanto, el poder de quienes se adueñaron de la institución, que nadie, ni de los estudiantes ni de los maestros ni de los trabajadores, levanta no solo la voz sino, con las manos limpias, una bandera de integridad, de honradez y de buenas maneras, para buscar una solución definitiva?
Que quienes llevan la universidad ladera abajo no son todos, es cierto; no es siquiera la mayoría, sino un haz de grupúsculos con intereses muy particulares y fácilmente identificables, mientras todos los demás les permiten que hagan y deshagan a su antojo y que los pisoteen y los abusen.
¿Es ese, el lugar de formación que quieren los papás para sus hijos, los estudiantes para ellos mismos, los maestros para orientar a sus émulos y a sus pupilos, los nortesantandereanos para incubar su futuro?
Estamos seguros de que definitivamente no.
Alguien equivocó el camino y se fue por el escabroso atajo de la corrupción y de la politiquería, y de paso se llevó el prestigio de una institución que mereció todo el respeto, y arrastró consigo a la universidad misma.
Ojalá no se llegue al punto de que de alguien se diga: ¡qué cultura va a tener si estudió en Unipamplona!
¡Qué pena!
