El brexit no solo dinamitó a media profundidad los esfuerzos unitarios de la vieja Europa, sino que fue una especie de puñalada que partió radicalmente en dos a la sociedad británica y desveló la gran realidad política y social del mundo.
El resultado del referendo fue tan lamentable, que el mismo Reino Unido, surgido en 1707, está en peligro, ante la amenaza de Irlanda del Norte y Escocia de abandonarlo para mantenerse en Europa, pese a los riesgos que la amenazan.
La consecuencia más grave es la profunda división, incluso generacional, de los británicos, producida por el desencanto popular con sus élites políticas y con los líderes de la Unión Europea (UE), pero más, por el temor de los viejos, poco preparados en un mundo tan competitivo, a verse desplazados por europeos del Este y del Sur.
Estos problemas tienen sin cuidado a los jóvenes británicos, aptos para radicarse en cualquier país de la UE, porque consideran que nacer en el Reino Unido es un simple accidente superable con su decisión de vivir donde quieren.
La inesperada salida de los británicos de la UE es el resultado de una muy particular visión de los viejos, y que hoy rechazan con vehemencia los jóvenes, en su mayoría ausentes de las urnas y, por lo mismo, ajenos a lo que se decidió, no así a las consecuencias, que han comenzado a pagar. Ya no son comunitarios, es decir, en cualquier país europeo son extranjeros y son tratados como tales.
Lo ocurrido no es nuevo. Simplemente es un signo de los tiempos: en tanto los jóvenes se despreocupan por su futuro, pues viven afincados en el presente, los viejos deciden por todos, esperanzados en dejarles a los muchachos un mejor mundo que poco les importa.
Hoy, los muchachos británicos les reclaman a sus padres que los hayan marginado de la UE, donde tenían un mundo más amplio que sus islas, que era tan suyo que podían vivir un tiempo en un país, cruzar una frontera y quedarse en otro, como millones de jóvenes continentales, disfrutando de las ventajas de la comunidad y del cada vez más internacional Euro.
Hay en la sociedad británica una ruptura que parece insuperable, entre el futuro de los jóvenes, ansiosos de cambios, y el presente y el pasado reciente de los viejos, orgullosos de lo que según ellos significa ser británico, algo que se ha mantenido inmutable por decenios.
Y todo, por un referendo que hoy todos reconocen como innecesario, por el que el primer ministro David Cameron se jugó entero, y perdió. Quiso satisfacer a los más conservadores de su partido conservador, y se derrotó él mismo. Y de paso, hizo añicos la sociedad británica.
Ocurrió allá, en Gran Bretaña, algo que está pasando acá, en Colombia, y que impide los cambios necesarios: la decisión de los más viejos, que votan y participan, obliga a todos los demás, apáticos, desinteresados, alejados de todo lo que signifique decidir.
Ojalá mañana a los muchachos colombianos no los sorprenda, como a los británicos, una decisión que los frustre para siempre, porque lo primero que tendrán que hacer es admitir que ha sido su culpa. Con todo lo que ello implica.
