Un craso error es convertir en foro político para cautivar votos el demencial atentado terrorista en el que la disidencia de las Farc lanzó un cilindro-bomba que estalló encima de una buseta, en el suroccidente del país.
Usar como tribuna electoral acontecimientos como esos es una politización del terrorismo que abre una caja de Pandora que puede terminar siendo contraproducente para la democracia misma y sirviendo, sin quererlo, de propaganda para los grupos armados ilegales que cometen esos crímenes.
Ni a la derecha ni a la izquierda ni al centro del espectro político de Colombia les queda bien intentar sacar réditos electoreros a costa del dolor de todo un país, en esta etapa del debate con miras a las elecciones presidenciales del 31 de mayo.
Ni siquiera se había asentado la tierra levantada por la bomba ni las víctimas mortales estaban todavía identificadas, cuando con un frío cálculo electoral empezó a debatirse a cuál fórmula presidencial le conviene más el atentado por sus implicaciones en la ciudadanía.
Pruebas sobre esto sobran. El presidente Gustavo Petro escribió señalando a Iván Mordisco: “Quieren que la extrema derecha: el fascismo, gobiernen a Colombia porque saben que con ellos hacen sus negocios”.
El mismo día, la candidata Paloma Valencia planteó que si gana la Presidencia llevaría al expresidente Uribe como su ministro de Defensa y el aspirante Abelardo de la Espriella acusó a Petro de lo ocurrido e insistió en que el “crimen se enfrenta con mano de hierro”.
Cuando las orillas hablan así, todo se desvía hacia el impacto del ataque sobre las encuestas, de cómo incidirá sobre cierto sector de potenciales electores y cuál es la ‘fórmula mágica’ o el ‘señalamiento demoledor’ que todos quieren escuchar para definir un probable resultado en las urnas.
Caer en esas honduras de estrategia política tomando al comportamiento del conflicto armado como medidor electoral, es darle una especie de ‘poder’ a la criminalidad para que intente constreñir al electorado en favor de una u otra candidatura.
¿Y las víctimas dónde quedan? Francamente hay que decirlo que son convertidas en un simple elemento de discusión y en un número más dentro de las estadísticas usadas con el fin de hacer las mediciones dentro de una escala de arquitectura electoral para saber a quiénes puede golpear o generar réditos la indetenible guerra en el Catatumbo, la oleada de atentados en el Valle y Cauca o la violencia desbordada en el área metropolitana de Cúcuta.
Y para terminar de hacer más dramático el cuadro de violencia, masacres y disputas armadas territoriales, la polarización adquiere más visos intolerantes que generan más daño a la patria en todos los niveles de la vida nacional.
Los colombianos debemos entender que levantar la bandera de politización sobre la sangre vertida y la destrucción causada por el terrorismo es contraproducente, porque en lugar de plantear y planear una política pública de Estado contra los terroristas, lo que surgen son iniciativas coyunturales con marcada tendencia de buscar favorecimiento electorero usando los hechos sucedidos para lanzar promesas de campaña, en lugar de exponerse la urgencia de determinar una acción de unidad nacional contra el desangre que estamos padeciendo.
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