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Editorial
Niños malcriados
Del presidente para abajo, todos los funcionarios son empleados del pueblo que elige y decide.
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Martes, 19 de Julio de 2016

Cómo fue de estimulante y aleccionador apreciar las imágenes de la prensa internacional en las que se mostraba a ciudadanos turcos del común, cinturón en mano, enseñando a curtidos militares golpistas, lo que significa la democracia.

Era la imagen viva de ciudadanos de todas las condiciones defendiendo a un presidente que no les cae bien, que incluso rechazan con energía, pero que es su presidente, porque fue elegido en un proceso democrático libre y legítimo.

Era la reiteración del viejo aforismo, hace largo rato guardado en el sanalejo cultural colombiano, según el cual la letra con sangre entra. Porque eran furiosos turcos dando correazos en las nalgas a humillados soldados que intentaron darle un cuartelazo al presidente Tayyip Erdogan.

El dirigente, acusado de mediocre y condescendiente con algunos sectores políticos opuestos al islam, machista por definición, pidió al pueblo salir a la calle a defender la democracia, mientras parte del Ejército —tal vez, el más entrenado y activo de Europa— intentaba arrebatarle el poder.

Y pese al rechazo por su imagen, el pueblo salió y se enfrentó a balazos con las tropas y neutralizó el golpe. Luego, decenas de muertos de por medio, capturó a los sublevados, los concentró en las esquinas, los obligó a echarse al suelo y los castigó con ira. Van 6 mil detenidos, pero buscan a otros 3 mil.

El cinturón fue el método escogido para castigar a oficiales y soldados por igual y enseñarles, como a niños malcriados, que en el mundo los militares están para obedecer al pueblo, no para mandarlo, menos para someterlo, como todos los uniformados equivocadamente lo han creído siempre.

Desde luego, Erdogan quiere ir más allá, pese al sentir del mundo, y pide restablecer la pena de muerte, derogada hace unos 10 años, por exigencia de la Unión Europea. Según la cultura turca, la ejecución es el castigo perfecto. Pero las leyes dicen otra cosa.

Pero sería igualarse a los golpistas, que en un comunicado entregado a la prensa cuando aún algunas tropas rebeldes no habían actuado, señalaron que su primer propósito con el poder sería imponer la ley marcial, que en países como Turquía permite ejecutar, sin fórmula de juicio, a quien se oponga.

Lo rescatable de los episodios de Turquía radica, precisamente, en el hecho de que un frustrado golpe militar permite saber que el pueblo está presto a hacer respetar su mandato al precio que sea menester. La mejor lección de democracia la deja, ¡qué paradoja!, una intentona golpista.

De paso, les deja a los militares del mundo, una enseñanza: aunque sepan cómo manejar sus fusiles, nunca podrán calcular el nivel de reacción popular en momentos en que la voluntad general intenta ser quebrada por unos pocos.

Del presidente para abajo, todos los funcionarios, incluidos los militares y los policías, son empleados del pueblo que elige y decide, y están en sus cargos para obedecer el mandato expresado en las urnas, no para desvirtuarlo.

Esa es la verdad, esa es la democracia. El mismo Erdogan lo dice: “En democracia, las decisiones se basan en lo que dice el pueblo”.

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