Por estos días, las burlas y las risas sardónicas se han abierto paso rápido en medio de la insolidaridad y han desplegado de par en par la puerta a la egoísta fórmula del ‘sálvese quien pueda’ ante las actitudes del gran coco de Washington.
Ningún gobierno latinoamericano ha hecho conciencia del momento histórico del continente, uno que genera la posibilidad de que los pueblos al sur del río Bravo se hagan uno solo, no porque es necesario estar con México, sino porque con ello se le plantea a Estados Unidos una unidad que, sin duda, lo frenará.
Pero, como si las abusivas medidas del presidente Donald Trump contra un país hermano fueran un chiste, todos llevamos una semana riendo y esperando el paso siguiente del inefable magnate contra sus vecinos del sur.
¿Dónde está aunque sea el más pequeño gesto de solidaridad de algún jefe de Estado Latinoamericano en apoyo de México, su gobierno y su pueblo; dónde, el llamado a la unidad para plantearle cara a la amenaza que se cierne sobre todo el Continente; dónde, la actitud valiente de alguien en defensa del humillado?
El hecho de que la ofensiva de Trump sea contra los mexicanos lo único que significa es que mañana puede ser contra los colombianos o los chilenos… y, para entonces, también se van a necesitar la solidaridad, la hermandad y el respaldo que hoy toda América Latina se ha olvidado de expresar y materializar.
Nadie en el mundo puede ignorar que toda la grandeza y el enorme poderío de Estados Unidos se explican en mucha parte en el despojo de enormes territorios mexicanos, en la expoliación de su riqueza, en la humillación de sus gentes, en el abuso como política permanente de Washington hacia México.
Con el muro infamante y la decisión de imponer condiciones aberrantes no solo se devuelve la rueda de la historia a tiempos en que México era el patio de atrás del rico vecino del norte, —los demás países eran menos que eso—, sino que se ofende y discrimina a millones de seres humanos cuya cultura —y el español es uno de sus fundamentos— es pisoteada por el magnate de la Casa Blanca.
El silencio guardado hasta ahora por los gobiernos latinoamericanos pesa y duele, y hace recordar el miedo colectivo de los polluelos cuando los sobrevuela la sombra siniestra y amenazante del cernícalo.
Es vital que en el norte sepan que Ni México está solo ni el sur es el potrero que imaginan y con el que hacen lo que les place. Es esencial que todo el planeta se entere de que mientras más poderosa sea la amenaza más unidos están estos pueblos que han tenido la misma historia, han derramado las mismas lágrimas y vertido la misma sangre aborigen ofendida… pero sobreviviente.
No se requiere que a su manera, cada mandatario de estos países proclame su protesta y su apoyo a México, porque serán muchas voces aisladas, débiles y tímidas. Se requiere que todos, a voz en cuello y al unísono griten que en esta parte del mundo cada uno de nosotros es México.
Es lo menos que se espera…
