Quizás sea porque se cansaron de tener cierto desorden en su patio trasero y porque se duerme mejor sin ruidos en el vecindario, que los estadounidenses decidieron ofrecer un apoyo “sin atenuantes” al proceso colombiano de paz con la guerrilla de las Farc.
O quizás, porque siempre Colombia puede ser un mejor mercado para todo producto Made in USA si hay una economía más sólida que la actual, signada por una guerra de casi 60 años cuyo fin está a la vez tan cerca, y tan lejos, que nadie puede garantizar nada tranquilizador en torno de los diálogos de La Habana.
Nuestra guerra es un producto directo de la división del mundo en mitades que por años fueron irreconciliables: el capitalismo, defendido por Estados Unidos, con el apoyo de las potencias europeas occidentales (Gran Bretaña, Francia…), por un lado, y el socialismo, promovido por la Unión Soviética y un largo rosario de naciones europeas orientales y de Asia.
Un acuerdo, más de hecho que otra cosa, le permitió al mundo continuar girando sin mayores sobresaltos, salvo los provocados por Washington y Moscú, afanados por ganarle uno al otro el dominio de un poco más de planeta. La lucha sorda, por debajo de la mesa, que se generó, fue la Guerra Fría.
En América Latina, la menor sospecha de simpatía hacia Moscú era causa de alarma general en Estados Unidos, que de inmediato ponía en movimiento los recursos militares, económicos y de otro tipo, necesarios para salir al paso de la amenaza de la intromisión comunista, que casi siempre era real.
Mediante activistas profesionales, en muchos países del Tercer Mundo se puso en marcha una estrategia de Moscú que pretendía ampliar y fortalecer el Partido Comunista en cada país y, en lo posible, iniciar una guerra de guerrillas que desestabilizara el Continente, parte clave de la geopolítica estadounidense.
Así comenzó la guerra en varios países, pero, en esta parte del mundo, solo perdura en Colombia, porque mediante mecanismos como el apoyo militar contra el narcotráfico, Washington reestructuró, rearmó y reacondicionó militarmente al Ejército. Solo que después de tantos años, la guerra se estancó: ni la guerrilla era capaz de vencer al Estado ni este al Estado.
El mundo se globalizó, Europa comenzó a obtener cada día una tajada más grande del comercio, China se hizo el competidor más fuerte, y la realidad empezó a tasarse en cifras estratosféricas de dinero.
Como Estados Unidos no pudo concretar su deseo de consolidar el mercado al que aspiraba, el fin de la guerra fue la opción que tal vez pareció más adecuada, oportuna y rápida. Y por eso se concretaron los diálogos de La Habana.
El hecho importante es que las conversaciones están en un punto del cual no parece haber retorno posible, salvo imponderables inmensos, y a ello apuestan en Washington con mayor seguridad que en Colombia, donde además de que hay mucha gente que desconfía del proceso de La Habana, hay otros que simplemente buscan que todo concluya y regrese la guerra.
Y si el apoyo al proceso es así, sin atenuantes, como lo piden los senadores estadounidenses, es porque los acuerdos serán firmados. Es posible que algunas condiciones, relativas a asuntos que las partes han eludido en Cuba, no sean una especie de sine qua non para seguir apostándole al proceso, y se opte por fórmulas intermedias.
Lo que se impone es la necesidad de poder hacer negocios, y no se puede olvidar que el negocio de Estados Unidos son los negocios, y estos siempre son más atractivos y rentables si se hacen con gente que prefiere vivir en paz… aunque sea en apariencia.
O, acaso ¿habrá otra razón para ese apoyo tan decidido?
