No fue el ahorro de los 350 millones de libras esterlinas (cifra más citada durante la intensa campaña de dos meses) que teóricamente ahora se destinaría al Sistema Nacional de Salud británico.
Tampoco fueron las advertencias sobre la economía, que ayer entró en caída, ni el hecho de que el pueblo dejó de escuchar al Primer Ministro, David Cameron.
La más poderosa razón que llevó a los británicos a alejarse de la Unión Europea (UE) fue la inmigración, traducida en duros términos de antiislamismo, racismo y xenofobia, estimulados por el desconocido Nigel Farage, dirigente del Partido de la Independencia del Reino Unido (Ukip).
Son el mismo racismo y la misma xenofobia que llevó a Estados Unidos a negarles la posibilidad de quedarse en ese país a 4,2 millones de extranjeros a los que el presidente Barack Obama les ofreció esa posibilidad.
Son el mismo racismo y la misma xenofobia que tienen a Europa entera en alerta máxima, ante la llegada ininterrumpida de africanos y árabes que tienen si acaso la ropa que traen puesta, nada más, y su esperanza de una vida mejor.
La campaña para retirarse de la UE la encabezaron dos líderes que meses antes defendieron la inmigración, Boris Johnson y Michael Gove, pero que, en un volantín inesperado, terminaron cerrando filas junto a quienes consideran que es necesario cerrar las fronteras.
Farage, el ganador, distingue muy bien entre los inmigrantes: no todos son lo mismo, desde luego, en su mente de político casado con una alemana.
Lo hizo palpable en el afiche de campaña en la que detrás de él aparece una interminable fila de inmigrantes sirios y el mensaje ‘Punto de inflexión: la UE nos ha fallado a todos’, que puso los pelos de punta a millones de ingleses.
En 2016, 330 mil extranjeros se radicaron legalmente en el Reino Unido, y con ellos la cifra de inmigrantes subió a 3 millones, la mayoría de ellos con un empleo formal, en un país con 5 por ciento de desempleo. Esto muestra que sin la inmigración, la economía británica pasaría algunos trabajos.
Lo ocurrido con el referendo británico es nada más el resultado del deseo popular de conservar lo suyo, incluso aunque esa defensa le cueste cara.
Es lo que pasa en Estados Unidos con sus 10,2 millones de inmigrantes irregulares, y con las decenas de miles de extranjeros que recorren a México de punta a punta.
Es la acumulación de sentimientos, como podría suceder en Cúcuta —y ya está ocurriendo en Urabá— con los extranjeros, aunque sean muy cercanos: son muy pocas las personas que de verdad los toleran y los aceptan.
La inmigración, parece, ya no es un simple punto de trámite en la agenda de los gobiernos: es un punto del debate central en todas las elecciones.
Que en Colombia el asunto hasta ahora solamente inquiete a unos cuantos funcionarios de Cancillería no significa que mañana, cuando comiencen a llegar en masa los extranjeros que buscan la mejor vida que ofrecerá este país en paz, ya tendremos otro tema de discusión que marcará diferencias radicales.
Ya llegará el día en Colombia en que haya que votar por quienes quieran que vengan los extranjeros y quienes se opongan.
