Una pequeña chispa puede incendiar toda la pradera. Lo planteó Mao Tsedong, para estimular a sus seguidores a no cejar en su empeño de hacer la revolución en China, y estos días lo acaban de confirmar altos dirigentes de Colombia y Venezuela.
Con el agravante de que las crispadas relaciones binacionales se tensaron casi hasta el límite, y en Colombia se cruzaron sátiras el vicepresidente Germán Vargas Lleras y la canciller Ángela Holguín, quien como siempre diplomática, trató de apaciguar los ánimos.
El comienzo lo marcó una expresión de Vargas Lleras, cuando en Tibú, durante un acto de entrega de vivienda para los pobres, surgió el término ‘veneco’, muy utilizado en el área de frontera para referirse a los venezolanos, pero que algunos en los dos países consideran, que tiene una alta carga de ofensa.
Inmediatamente, el presidente Nicolás Maduro reaccionó y públicamente protestó contra el dirigente colombiano y le exigió las ‘excusas debidas a los venezolanos ofendidos por las expresión que consideran xenófobas y discriminatorias’.
Luego, el número dos de la revolución bolivariana, Diosdado Cabello, completó las palabras de Maduro y en una escalada verbal sin precedentes, y lo más lejos posible de la diplomacia y la sindéresis, llamó a Vargas Lleras ‘hijo del gran puto’.
Tras el enfrentamiento, y considerando que su investidura había sido mancillada por los poderosos de Venezuela, Vargas Lleras se quejó de que la Cancillería colombiana no hubiera salido oficialmente en su defensa.
“Como no he visto ninguna actividad (del Ministerio de Relaciones Exteriores), tampoco es que espere nada. Uno hubiera querido algún acompañamiento, pero no ha ocurrido”, se quejó en una visita en Manizales.
Y luego acusó a la canciller de ineficiente, pues el apoyo colombiano “tampoco lo han tenido los compatriotas que a lo largo de estos años han sido maltratados allá” (en Venezuela). Y lanzó una última pulla a Cabello, “un patán que lleva años maltratando a los compatriotas colombianos y oprimiendo al pueblo venezolano”.
Por fortuna, el presidente Santos intervino para que el vicepresidente bajara un poco el volumen de sus intervenciones y le pusiera freno a la lengua. Lo hizo rápido, pero no a tiempo para neutralizar la rispidez de unos y otros. De todos modos, quedó el antecedente tanto para las relaciones con Venezuela como para la armonía del equipo de gobierno.
Bien se ha dicho que en el actual proceso de paz, uno de los mayores escollos ha sido siempre la colección de lenguas sin control que hay entre la dirigencia política que, en el momento menos esperado, sueltan toda su carga de artillería verbal.
Si Vargas Lleras, como parece, quiere ser presidente de Colombia, ya tiene un serio problema con Venezuela, donde hay menos control verbal y más tendencia a los rencores insuperables.
Alguna razón tuvo don Miguel Antonio Caro cuando poéticamente se declaró impotente para expresarle a la patria “lo que lengua mortal decir no pudo”. Solo que, si él hubiera sido de esta época, muy probablemente hubiera dicho lo primero que se le hubiera venido a la cabeza. Al estilo de Vargas Lleras…
