Surgían siempre tantas disculpas, se esgrimían tantos argumentos, que la posibilidad de ponerle fin a la guerra fue, hasta hace pocos años, ni siquiera una utopía: un imposible categórico, fundamental, algo que jamás podría ser…
Ni en sueños, los militares aceptarán, siquiera la posibilidad, de que haya acuerdos de paz con las guerrillas en las que ellos tuvieran que intervenir.
Toda posibilidad en ese sentido era, desde delictiva para algunos que veían en ello un acto de traición a la patria, hasta inmoral, para otros, pasando por un sinnúmero de invenciones y disquisiciones mentales.
Pero, tozuda, ineludible, certera, la historia solo esperaba la oportunidad que ya llegó, de demostrar que todo no era más que vanas especulaciones, vacías razones nacidas entre el de los cafés de los intelectuales y las alfombras de los clubes de los verdaderamente poderosos.
Porque ni unos ni otros conocen, ni por asomo, el abandono, la miseria, la desgracia, el dolor que se palpan en los rincones más alejados de Colombia. Y ¡vaya casualidad!, soldados y guerrilleros sí.
El soldado colombiano ha visto, la ha tocado, no necesita que le cuenten cómo es la enorme necesidad ajena que argumenta el guerrillero como la razón de su guerra. Ambos saben de qué se habla, ellos conocen el sabor de la miseria de otros. Conocen una Colombia que solo ellos saben que existe, porque han vivido en ella, la han sufrido… y se han matado por ella.
Decir que los soldados son el otro protagonista de la guerra es simplista, es reducir un conflicto de cataclismo a los protagonistas de la batalla diaria, batalla que es solo una expresión de todo lo que está involucrado en la guerra.
Los soldados están allí a nombre del Estado, que es la misma sociedad, y matan y mueren por él, por ella, pero si de ellos dependiera, tal vez muchos, la mayoría, quizás, silenciarían sus armas.
Nadie pelea una guerra como la nuestra por el simple gusto de exponer la vida a cada paso. Nadie desea más la paz que el soldado que pelea una guerra.
Pues los militares colombianos hoy están demostrando más grandeza de la que se les ha atribuido siempre, y hoy trabajan, hombro a hombro, viaje a viaje, con guerrilleros de las Farc, en busca de ponerle fin a la matanza.
Hace pocos días, en Caño Indio, una vereda de Catatumbo donde termina Colombia y comienza el mundo de la infamia, los guerrilleros hablaron con la prensa para deshacerse en reconocimientos hacia los militares y policías con los que recorren el país en busca de las zonas veredales donde morirá la guerra.
Es una lástima que mientras tanto, los colombianos sigan empecinados en considerar que el plebiscito para ratificar o negar los acuerdos de La Habana son solamente una consulta para medir el apoyo del presidente Juan Manuel Santos y del senador Álvaro Uribe.
Es una lástima, porque si hay personas que de verdad necesitan de la paz son los que hacen la guerra. Y miles y miles de ellos la pelean cada día porque la sociedad les ha dado armas y los ha obligado...
