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Editorial
Llévense su guerra
El sí del plebiscito no será solo la llave de la guerra tirada al fondo del mar, sino también la señal de una nueva historia.
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Sábado, 23 de Julio de 2016

Nada hay inexorable en la historia. Lo dice la misma historia: triunfos electorales que se consideraron inevitables, por ejemplo, terminaron en derrotas estruendosas sin clara y lógica explicación. Batallas ganadas de antemano han pasado a ser desastres.

Sin embargo, es permitido hablar desde la esperanza en torno de eventos futuros como el plebiscito por la paz, que millones de colombianos consideran una oportunidad única para sellar el fin de una guerra que unos cuantos se empeñan en mantener.

Cuando termine la votación, lo más probable hoy es que casi 60 años de historia negra y dolorosa queden atrás para siempre. Y, envueltas en sus sombras, se llevará fenómenos como las propias Farc, que dejarán de ser el factor militar por el cual todos estos años Colombia avanzó a paso de tortuga por el camino del futuro.

Ese día morirán, y desde entonces serán un partido político, como los demás, un ideario que sus promotores buscarán materializar mediante una lucha política limpia, sin armas, sin ataques a traición a la vuelta del camino, sin violencia… Es el objetivo.

Pero —y sus líderes lo saben—, si no desarman sus espíritus y si no rompen sus espadas y se tragan sus palabras disonantes e incendiarias, solo se habrán silenciado los fusiles y mucho de lo discutido y acordado en La Habana será solo papel quemado.

Desde luego, la beligerancia de algunos de sus jefes, como el insoportable Seusis Pausivas ‘Jesús Santrich’ Hernández, y su amargura, tendrán que, no solo apaciguarse sino desaparecer. Si gana el sí del plebiscito, todas las formas de guerra, incluida la verbal de este inefable guerrillero enfermo, atrabiliario y desubicado, deberán terminar.

Su caminar impune por trochas más allá del límite de la ley penal terminará, quiera o no. Su largo tiempo en el monte o fuera de Colombia quizás le hayan quitado la oportunidad de enterarse de que hay unas leyes penales que todos cumplimos y a las que él y sus compañeros de aventura se comprometieron a respetar y cumplir.

Porque el trato que desde sus cuentas en las redes sociales le da al expresidente Álvaro Uribe, al que llama narco, paramilitar y narcotraficante, no lo queremos más los colombianos, de nadie para nadie, mucho menos de ‘Santrich’.

Desde luego, si gana el sí, Uribe y el Centro Democrático quedarán sin discurso, sin enemigo, porque ya no habrá Farc. Y, tanto el expresidente como sus seguidores, todos, también tendrán que desmovilizarse. O, junto con Santrich y quienes insisten en anclarse en su pasado delictivo, llevarse su guerra lejos, donde no afecten a nadie.

El sí del plebiscito no será solo la llave de la guerra tirada al fondo del mar, sino también la señal de una nueva historia, no alejada del debate profundo, severo, radical, incesante, pero sí del discurso violento, de la palabrota lanzada como pedrada, artera y a traición, o de la calumnia y de la amenaza taimada y de la ofensa gratuita.

Así que ‘Santrich’ puede comenzar, ya mismo, a estudiar el código penal que se ha dedicado a violar impunemente, y el presidente Uribe a buscar otro objetivo para sus discursos, o las dos partes a buscarse un escenario para su guerra privada.

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