Es un fallo histórico, sin duda alguna, porque repara de manera definitiva una realidad injusta: la de las empleadas domésticas que, además de sus labores diarias, terminaban convertidas en amantes del hombre jefe del hogar.
De ahora en adelante, según la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia, estas mujeres heredan de su patrono fallecido, como cualquiera otra persona de la familia heredera (derechohabientes, les llaman jurídicamente).
No son necesarios muchos requisitos para tener derecho: probar que eran amantes y que la relación amorosa se prolongó durante un tiempo prolongado, que no está determinado
La decisión tuvo como base la demanda de Adriana Díaz, que no solamente lavó, planchó, cocinó y recogió café en la finca de su patrono Julián Mantilla, en Socorro (Santander), sino que también, durante siete años convivió con él en su doble papel de trabajadora y amante.
Después de nueve años, la Corte apoyó la demanda de Díaz y le otorgó los derechos sobre la finca Los arrayanes, que ella y Mantilla levantaron e hicieron crecer como negocio productivo durante el tiempo en que convivieron.
La decisión estaba en mora desde hacía muchos años, quizás porque ninguna mujer se había atrevido a reclamar, presionada por prácticas culturales en las que la empleada del hogar es tratada como persona de tercera clase de la que el o los hombres de la casa pueden abusar, incluso sexualmente, sin descartar los abusos laborales a los que la someten algunos patrones.
Nadie podrá hacer jamás la cuenta de cuantos colombianos son resultado de esos abusos sexuales, como consecuencia de los cuales miles de mujeres de estratos sociales bajos terminaban sin empleo y embarazadas del jefe del hogar, y, en infinidad de ocasiones, con la complicidad de la ama de casa.
Por fortuna, los órganos de justicia están enfocando su labor hacia donde debe ser: el fortalecimiento de un país cada vez más equitativo e igualitario, más democrático y más respetuoso de los derechos de todos, incluidas las mujeres del servicio doméstico, casi que en su totalidad pobres e ignorantes, maltratadas, abusadas, humilladas, ofendidas...
Hace algunas décadas, el patrón casi que tenía un derecho a exigirle a sus empleadas del hogar que satisficieran sus afanes hormonales. Era rezago infame del derecho de pernada, que sobrevivió, sin oposición, desde el feudalismo hasta hace pocos años. Según ese derecho, cuando una mujer se casaba, debía pasar su noche de bodas con el señor feudal (dueño de las tierras donde trabajaban los siervos, es decir, todos los demás); luego podía hacerlo con el marido.
Negarles salarios justos, beneficios prestacionales, vacaciones, educación, salud, incluso alimentación adecuada, golpearlas, incluso y hacerlas trabajar jornadas extenuantes fue, durante muchos y muchos años, parte de la costumbre en los hogares en relación con las empleadas domésticas.
En algunos hogares, las mascotas tenían mejor confort y nivel de vida que la mujer que hacía todos los oficios imaginables, además de cuidar de todos, así ella estuviera enferma y agotada.
Por fortuna, la Justicia está reivindicando a estas colombianas que, como en el caso de Adriana Díaz, han contribuido, incluso con su intimidad, desde su labor como empleadas domésticas, a hacer la riqueza de muchas familias.
