Ante la imposibilidad de que todos los ciudadanos participen en la toma de decisiones de manera directa, en las democracias existen los cuerpos colegiados que asumen ese papel: un grupo selecto de ciudadanos decide por los demás.
Es este el origen del Concejo y del Congreso. Y sí, también de la Asamblea, inútil, ineficiente, ineficaz, burocrática y castrada de funciones que de verdad causen impacto en la vida de la comunidad.
La Asamblea sobra; el Congreso y el Concejo pueden suplirla, y de hecho la reemplazan, con suficiencia.
Para hacer lo que ha hecho la Asamblea de Norte de Santander en este año sería suficiente con un mecanismo de validación de concejales de los municipios que estudie y tome decisiones en torno, por ejemplo, del Plan de Desarrollo, tal vez la tarea más importante de los diputados.
Tarea importante por cuanto se refiere a la guía que se usará para llevar el departamento por el mejor camino durante cuatro años, pero no por otra razón.
Para concluir en que la asamblea, tal como es, no tiene sentido alguno, basta con enterarse de lo discutido este martes, durante la más reciente sesión plenaria: crear un libro de registro de actas para condecoraciones.
Aunque en la obligatoria página web no hay información actualizada desde el 20 de abril del año pasado, probablemente por razones técnicas que nadie en la Asamblea entiende, en la sesión se trataron otros asuntos relacionados con el estatuto de rentas y la creación de una condecoración.
Pero, ¿qué se dijo durante la que debió ser una profunda y muy sesuda discusión sobre la creación del libro de condecoraciones? Ningún ciudadano, fuera de los diputados, lo sabe. No hay siquiera constancia de que la sesión se haya cumplido: los medios de difusión del organismo son tan deficientes como carentes de recursos.
Es válido preguntarse cuánto le cuesta al erario, es decir, a los bolsillos de los contribuyentes, sostener organismos como la Asamblea de Norte de Santander, que ni siquiera informan debidamente de lo que hacen, como están obligados a hacerlo…
Olvidan los diputados que sus jefes son los ciudadanos y que es a ellos a quienes deben rendir cuentas de cada centavo y de cada segundo de los que disponen. Son ellos quienes les pagan el dinero con el que viven.
Este miércoles también la Asamblea debatió la reforma de un artículo del Estatuto de Rentas, para beneficiar al programa de restitución de tierras, pero la idea es del secretario de Víctimas Luis Fernando Niño, no de diputado alguno.
Y, a propósito, ¿cuáles han sido las iniciativas de ordenanza de cada uno de los diputados, si es que las ha habido? De ello tampoco hay información para los ciudadanos. Escuetos boletines de prensa hoy ya no son suficientes. En cambio, hay encuestas que se llenan de manera misteriosa señalando como excelente una labor que nadie conoce.
Se supone que cuando se expresa un órgano colegiado es la voz del pueblo la que se escucha. Que en el caso de la asamblea departamental esa voz sea inaudible o no tenga credibilidad solo puede ser culpa de los ciudadanos, que no acertaron en la conformación del organismo. Pero, claro, esa culpa se puede redimir.
