Pocos colombianos han luchado más que el arzobispo católico de Tunja, monseñor Luis Augusto Castro, por brindarle a Colombia un futuro en paz. Y de ello pueden dar fe muchos funcionarios de los últimos gobiernos, las Farc, el Eln y, desde luego, todos los católicos.
Como presidente de la Conferencia Episcopal, es la más alta autoridad del catolicismo colombiano. Nueve viajes a Cuba durante el proceso con las Farc indican con claridad que el interés del arzobispo en todo lo que signifique alcanzar la paz es realmente claro e incondicional.
Por eso, son altamente estimulantes y llenan de optimismo y esperanza las palabras que dijo en torno de los acuerdos de La Habana y todo lo que viene en el camino hacia una paz definitiva, incluyente y general que, como dice el prelado de manera incontrovertible, ‘aunque no sea la paz perfecta es mejor que la guerra perfecta’.
Y, también por eso, sabe a qué hace referencia cuando explica que ‘se paró la guerra’, nada más, y que todos debemos dedicar todos los esfuerzos ‘a hacer un país’, a construir la nueva Colombia, que corrija los errores que dieron origen a la hecatombe.
Las palabras del arzobispo tienen que generar un nuevo nivel de confianza en el proceso con las Farc, toda vez que despejan muchas dudas infundadas que opositores del gobierno han hecho ver como verdades. Una tiene que ver con lo que la oposición política llama paz con impunidad que, según Castro, ‘es una de las acusaciones más falsas que se pueden hacer al proceso’, porque si un aspecto del acuerdo ha sido elogiado a nivel internacional es el proceso jurídico, donde cada guerrillero tiene la posibilidad de decir la verdad, y esa verdad puede traerle beneficios, pero también consecuencias… Y tendrán su juicio’.
Hay que decirlo: la iglesia Católica ha sido, a lo largo de la historia, uno de los sectores más recalcitrantes en lo relativo a aceptar cercanías con los sectores radicales de izquierda, como los que impulsan las guerrillas colombianas.
Pero, es tal la necesidad de superar una guerra tan prolongada como la de Colombia, que los católicos están, en cabeza de monseñor Castro, respaldando lo acordado en Cuba y decidiendo cómo comenzar a construir el país del futuro.
Es probable que, luego de que el prelado le puso como apoyo su báculo al proceso de Cuba, todas las iglesias, cristianas o no, decidan seguir el mismo camino y respaldar el sueño de los colombianos de vivir en paz.
En el fondo, todos los colombianos saben que las iglesias coinciden en el discurso de la paz, pero es mejor cuando, en oportunidades como esta, todas a una lo expresen de manera pública. ¿O es que hay alguna iglesia que no esté de acuerdo con vivir en paz?
No es que con el silencio de los fusiles y el adiós a las armas hayamos ya empezado a vivir en un paraíso de tranquilidad, de cordialidad y de hermandad, pero nunca antes en 60 años esta sociedad había experimentado la sensación de que hay muchas cosas posibles, como ahora, en que la voz del arzobispo Castro se convierte en la voz de Dios.
