Ni siquiera el hecho de que sea el organismo regional más viejo del planeta excluye a la Organización de Estados Americanos (OEA) de la posibilidad de que desaparezca. Ser la más antigua entidad internacional no le ha sido suficiente para tener el prestigio universal que le corresponde. Al contrario…
Creada en 1948 en Bogotá, como corazón del Sistema Interamericano, la OEA solo materializó la idea de Washington en 1989 de una organización de todos los países americanos… a la manera de Estados Unidos, es decir, bajo su égida, su orientación y su dinero. Y sus caprichos.
Y ese nacimiento tan largamente meditado, y en cierto modo espurio, trajo pronto su primer resultado lamentable cuando, dos lustros después, y por orden henchida de caprichos de Estados Unidos, Cuba fue expulsada, ante el silencio elocuentísimo de los demás países, todos supuestamente hermanos.
Entonces surgió el espíritu latinoamericanista, que luego de intentos de diverso origen, tampoco ha logrado materializarse. Una especie de sino, claro de identificar, lo ha impedido. Es como si fuera de la OEA no hubiera supervivencia. Pero, la hay, y Cuba lo demostró. Ese es el problema, porque no es un ejemplo que se pueda tener como referencia.
Vino después una etapa de cierta independencia, en la que los asuntos de discrepancia se ventilaban en organismos como el Grupo Contadora, el Grupo de Rio y hasta el Tribunal Andino de Justicia. Era algo así como resolver nuestros problemas entre nosotros mismos, sin la vigilancia del Big Brother.
Pero, empecinados en tener su OEA, los funcionarios de Washington no se dieron por vencidos, y lograron darle a la organización un nuevo aire que, pese a todo, siguió y sigue sangrando por la herida de Cuba. Y, ahora, con escozor, por la negativa cubana a integrarse a un club del que la sacaron mal sacada.
Esta decisión, y el respaldo de los 25 miembros de la Asociación de Estados del Caribe (AEC) al proceso revolucionario bolivariano de Venezuela y al presidente Nicolás Maduro, tensionaron mucho más las cuerdas de la orquesta americana, que viene desafinando desde cuando el secretario general de la OEA, Luis Almagro, pese a ser el jefe de la intermediación, tomó partido.
Trenzarse en una pelea personal con Maduro, en la que no han faltado las ofensas y los términos altisonantes, le asesta al organismo continental un fuerte golpe inesperado, porque precisamente tiene que ver con el asunto más delicado del Continente: la revolución bolivariana.
Lo único que tenía que hacer Almagro era mantenerse en la mitad entre Maduro y la oposición venezolana, pero fue lo único que no hizo, y de paso quiso llevarse la neutralidad de la OEA y su papel eminentemente intermediador, componedor y pacifista.
Y, con su actitud, les dio la razón a quienes consideran que la OEA no es más que un apéndice del Departamento de Estado y que se muestran partidarios de darle todo el poder a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que aglutina a todos los países del continente, menos a Estados Unidos y su adlátere, Canadá.
Será una orquesta sin dos músicos importantes, uno de ellos a su vez rico mecenas, pero que puede sonar más afinada que hasta ahora.
