No es un castigo, es una venganza. Es la degeneración de la justicia. De una justicia que hace agua por todos los costados y que no es la respuesta que los ciudadanos esperan. De una justicia corrupta en varios sentidos, incluso en lo relativo a la manera torcida como ha crecido.
Hace algún tiempo, en este rincón se advirtió que esas acciones callejeras en las que un grupo de personas lincha físicamente a otra a la que acusan de ser delincuente podrían convertirse en epidemia social si no le ponían freno pronto.
Y se convirtió. Ahora, en cualquier ciudad, a cualquier hora, las gentes le caen con furia desatada a un sospechoso de hurto, por ejemplo, que termina de ordinario en el hospital, salvado a última hora por policías providenciales que de suerte pasaron por el sitio.
Es el salvajismo primario descontrolado, es todos a una, como en la vieja historia de Fuenteovejuna, en acciones de las cuales nadie es responsable, pero todos los participantes lo son, jueces y verdugos de ocasión con oportunidades que ni mandadas a hacer para dar rienda suelta a toda su violencia acumulada.
Hace dos días, en Cali, una joven atropelló con su auto a una pareja de motociclistas que, según ella, la asaltó y le robó el celular. Uno de los ocupantes de la moto murió en el acto, y el debate nacional estalló, sobre si lo que hizo la chica estuvo bien o no. Pero nadie ha señalado a donde debe señalar.
Estamos linchando, ejecutando, sicarios morales descreídos del Estado y de sus mecanismos de justicia. Porque es aquí, donde de verdad está el gran mal, en un establecimiento que tiene un servicio de justicia exclusivo para los que carecen de poder o de padrinos o de dinero o de viveza. O, a veces, de apellido.
El linchamiento físico está acompañado de otro, a veces peor de infame, que se expresa en las redes sociales y donde el sicario dispara palabrotas como pedradas, sin necesidad de esconder la mano, porque está siempre en la sombra.
Y, todo ¿por qué? Porque al delincuente, incluso al capturado in fraganti, se le pone en libertad nada más al llegar ante el juez, que no lo considera como el peligro social que en realidad es. Y, si da con un juez con cierto rigor, quizás lo juzgue y condene, pero lo envía a casa a pagar su pena. Y allí nadie lo vigila…
Lo que debe preocupar, más que otra cosa, es ese clima de incredulidad creciente que se percibe respecto de la justicia. No se le tiene nada de confianza, bien sea por la corrupción, la ineficacia, la lentitud… en fin, por la impunidad, una expresión que para algunos resume toda la realidad de la justicia colombiana.
Y mientras no haya confianza en la justicia, cualquiera se va a sentir con autorización para aplicar la suya, sea proporcional o no a la ofensa. Solo que, así, nos estamos regresando cuatro mil años, cuando el Código de Hammurabi y su principio rector del ojo por ojo diente por diente amenazó a Babilonia con dejarla ciega y desdentada.
