El aparato logístico es impresionante: 450 camionetas 4x4, 200 camperos y 200 camiones, 100 buses, 60 chivas y 80 lanchas y hasta 10 tractores. Y todo, bajo supervisión de la Organización de Naciones Unidas (ONU).
Se trata de la mudanza definitiva de la guerra.
Tantos vehículos son necesarios para movilizar a los 6.300 combatientes de las Farc en su marcha final antes de entregar sus armas y dar el paso definitivo de regreso a la sociedad que abandonaron para hacer la guerra de medio siglo.
Esta noche, a las 12, habrá terminado el plazo para que todos los guerrilleros se radiquen temporalmente en las 26 Zonas Veredales Transitorias de Normalización (Zvtn) acordadas e instaladas en 25 municipios de 14 departamentos.
La única Zvtn que permanecerá vacía es la de Caño Indio, en el Catatumbo, debido a la tardanza para definir el programa de erradicación de cocales, por razón de la interferencia de una organización que se declaró vocera del campesinado. Los guerrilleros del Frente 33 permanecen, por ahora, en Caño Tomás (Tibú), San Isidro (Teorama) y La Esperanza (El Tarra).
El escepticismo, las dudas y el radicalismo contrario a la sensatez de la gran mayoría de colombianos que siempre deseó la paz, deben quedar atrás. No hay duda: las Farc están cumpliendo al pie de la letra sus compromisos con el Estado. Que el gobierno lo haga es apenas elemental: de su compromiso depende el futuro…
La enorme y compleja operación para facilitarles a las Farc su concentración en las Zvtn es apenas el comienzo de esta etapa del proceso de paz, que conduce a la entrega de armas y a la reinserción definitiva en la sociedad.
Es deber de cada colombiano defender el proceso y apoyarlo hasta el último día, cuando los guerrilleros irán a casa, muchos de ellos después de toda una vida en una guerra que hace trato dejó de tener sentido como vía al poder del Estado.
Los guerrilleros, como la sociedad, están cansados de combatir.
El Alto Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, permitió percibirlo cuando dijo a los periodistas que los organizadores de la marcha final no han tenido “un solo caso de un miembro de las Farc que no se quiera mover” hacia las Zvtn.
Quienes esperaban que por estos días, muchos guerrilleros se negaran a ir a donde serán desarmados, quedó en deseos de radicales y guerreristas insensatos y en los anales de la historia de la Colombia desquiciada.
No ha pasado nada de lo que tantos augures de la desgracia pronosticaron, y nada va a pasar que no sea el fiel cumplimiento de un acuerdo que costó la gran división que hoy caracteriza a la sociedad colombiana, división que, se percibe, de a pocos se va superando.
Este viaje final de la guerrilla no es una marcha triunfal, ni mucho menos, ni señal de que todo será un camino de rosas para Colombia en el futuro inmediato, pero sí una jornada con la que muchos colombianos soñaron durante la pesadilla de medio siglo largo.
Hay que desarmar los espíritus, ahora que los fusiles ya no volverán a hablar ni las minorías violentas a decidir.
