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Editorial
La cereza en el pastel
La falta de castigo para los corruptos ha hecho que ese terrible  cáncer de esparza y haga metástasis.
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Jueves, 22 de Diciembre de 2016

Cuando todavía el país no ha terminado de conocer –ni mucho menos de asimilar– la magnitud del escándalo de Reficar, catalogado como el caso de corrupción más grande en la historia de Colombia, un nuevo desfalco a las finanzas del estado ocupa los titulares. 

Se trata del caso Odebrecht, empresa brasilera que adelanta en el marco de una alianza público privada un ambicioso proyecto para recuperar la navegabilidad del río Magdalena. 

Hace pocos días, el Departamento de Justicia de Estados Unidos reveló numerosos documentos en los que quedó constatado que la constructora brasileña pagó aproximadamente 788 millones de dólares en sobornos en 12 países de Latinoamérica y África.

Y entre esos países, por supuesto, no podía faltar Colombia, donde la firma pagó más de 11 millones de dólares entre 2009 y 2017 para lograr que le adjudicaran contratos de obras públicas, logrando millonarios beneficios. 

Una vez conocido el asunto, el CTI allanó las instalaciones de Cormagdalena para obtener evidencias de las presuntas irregularidades en el proyecto del río Madgalena, llamado Navelena. Y todas las entidades responsables del control y la investigación en el país anunciaron llevar hasta las últimas consecuencias las pesquisas para dar con los funcionarios responsables y castigarlos. 

Odebrecht tuvo a su cargo, además, el Sector 2 de la Ruta del Sol, que fue adjudicada por el INCO en el 2009, contrato que ha sido adicionado recientemente en el 2014, para la ruta Ocaña-Gamarra. Los 11 millones de dólares de los que inicialmente se habla, que seguramente aumentarán en la medida en que las investigaciones avancen, compiten con los 12 billones de pesos de sobrecostos que se generaron en Reficar. Un dineral con el que este país podría hacer maravillas, pero que ha ido a parar a bolsillos ajenos sin el mayor reparo, sin que esto genere consecuencias. 

La falta de castigo para los corruptos de este país ha hecho que ese terrible  cáncer de esparza y haga metástasis, dejando a Colombia como un enfermo terminal, para el cual encontrar una cura parece casi imposible. 

Agro ingreso seguro, el carrusel de la contratación, la vía Bogotá - Girardot, el desfalco de la calle 26, Interbolsa, son apenas algunos de los casos más recientes de corrupción que han sacudido a un país que parece estar dispuesto a ver cómo unos pocos siguen utilizando lo público para enriquecerse sin reparo alguno. 

Según datos de la senadora de la Alianza Verde, Claudia López, la corrupción nos roba al año 24 billones de pesos, es decir, 3 puntos del PIB; esto en cualquier lugar del mundo generaría indignación colectiva, protestas ciudadanas y presiones que llegaran incluso a remover hasta al más acomodado de los funcionarios. 

Lo triste es que en Colombia la corrupción se ha vuelto paisaje, se ha convertido en el pan de cada día. Nos estamos acostumbrando a acostarnos con Reficar y a levantarnos con el Odebrecht, y seguir como si nada. 

Pedir un cambio a estas alturas, cuando la cultura de la trampa, de la conveniencia y del individualismo se ha enquistado tanto, es como arar en el desierto. 

La corrupción es el verdadero problema que debemos superar en este país; un problema mucho más arraigado y profundo que la misma guerra, cuyo fin ha causado profundas divisiones.

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