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Editorial
La anticandidata
Hoy, Clinton no es solo la principal figura del partido demócrata después del propio presidente Obama.
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Miércoles, 26 de Octubre de 2016

A solo trece días de la elección presidencial más atípica de las últimas décadas en Estados Unidos aún hay expertos que sostienen que Hillary Clinton es, entre los estadounidenses, la persona menos adecuada para ser la candidata demócrata.

Y razón no les falta si a ella la comparan con cualquiera de los tradicionales tres arquetipos de candidato: el dirigente heroico, estilo John Fitzgerald Kennedy, el campechano ‘con el que uno bebería una cerveza’, a la manera del maestro texano Lyndon B. Johnson, y el orador brillante, como Barack Obama.

Porque la señora Clinton está bastante lejos de cualquiera de los tres modelos: no es una persona corriente —demasiado mujer, quizás—, sus ocurrencias no son el gusto de casi nadie, y como oradora es, si acaso, mediocre.

Pero es muy poco probable que pierda esta elección, gracias a esa increíble y ejemplar faena de demolición de cuanto obstáculo se ha cruzado en su camino, entre ellos, lo más granado y meritorio del liderazgo de los dos partidos tradicionales.

Acabó con sus rivales demócratas en una campaña relámpago en la que todo Estados Unidos ensayó chistes y burlas contra ella, mientras los republicanos, entre todos hacían comida del más débil que iba quedando, en un afán desesperado por llegar plenos de fuerzas al combate final con Donald Trump, a quien consideraban pan comido.

Y quedaron Clinton y Trump, enfrentados en una campaña que descubrió a la impresionante candidata: “dueña de sí misma, con calma casi prodigiosa ante la presión, tremendamente preparada, con dominio claro de los asuntos políticos. Y, además, su trabajo seguía un plan estratégico: en cada debate, su victoria parecía mucho mayor al cabo de un par de días, cuando las conclusiones habían tenido tiempo de calar, de lo que podía parecer esa misma noche”.

Fueron los tres debates televisivos, más que su imparable serie de discursos ante mítines y grupos de simpatizantes, los que moldearon en la mente del elector la imagen de que debe ser ella quien administre el Estado por ahora.

Con la tranquilidad y la calma de una esfinge, Clinton soportó sin pestañar la ofensa, el improperio, la burla, el desdén de Trump en cada oportunidad. Solo se conmovía cuando hablaba de los derechos de la mujer, de la injusticia racial y del apoyo a las familias. Fue en estos momentos fugaces de pasión por la gente cuando Hillary Clinton se hizo casi la presidenta de Estados Unidos.

Esa manera de asumir las cosas y situaciones por las que de verdad vale la pena preocuparse la hicieron ver genuina, la elevaron a la estatura de los estadistas y la distanciaron a kilómetros luz de su contrincante, que no salía de la misma retórica de toda su campaña, del hablar por ofender, más allá del hablar por hablar.

Hoy, Clinton no es solo la principal figura del partido demócrata después del propio presidente Obama, sino que después de él es la principal figura política de Estados Unidos.

Desde luego, el martes 8 de noviembre cualquier cosa puede pasar. Pero si la exsecretaria de Estado Hillary Clinton no es elegida presidenta, Estados Unidos habrá cometido el error político más grave en decenios.

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