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Editorial
José Daniel I
Esa es la Nicaragua de José Daniel I y su consorte: una nación políticamente quebrada, sometida a una dictadura.
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Lunes, 7 de Noviembre de 2016

Nicaragua es de cualquiera que la quiera: William Walker, Somoza padre, Somoza hijo… o José Daniel Ortega, José Daniel I, elegido presidente por segunda vez en 2007, y convertido el domingo en reyezuelo de aldea por 5 años más —su estrambótica esposa Rosario Murillo fue elegida con él, como vicepresidenta—.

Nicaragua vive otro triste episodio de sainete en su rocambolesca historia en la que, desde la presidencia, políticos y militares no han administrado el poder y la autoridad del Estado, sino el mandamasismo abusivo del amo.

Esta vez, Ortega se alza sobre el cadáver de una democracia que jamás pudo funcionar, y menos desde cuando él llegó a la cabeza del Estado la primera vez, el día mismo que triunfó el Frente Sandinista para la Liberación Nacional (Fmln).

La dictadura familiar que lo tiene hoy a él y a su mujer como cogobernantes en la presidencia y la vicepresidencia, a los poderos judicial y electoral en su puño, y a la Asamblea Nacional presidida por René Núñez Téllez. Esto último no tendría nada de particular, si no fuera porque Núñez murió en septiembre, y en homenaje lo eligieron presidente de la corporación hasta enero.

Esa es la Nicaragua de José Daniel I y su consorte: una nación políticamente quebrada, sometida a una dictadura en un contexto internacional cada hora más desfavorable, pues su benefactor Venezuela hoy no puede ni con su alma, y Estados Unidos le tiene pisado el rabo de paja al dictador.

La crisis política en Venezuela ha hecho que se reduzca la tan necesaria cooperación petrolera, en la que el gobierno apuntaló algunos programas sociales, de más de 3.500 millones de dólares manejados de forma discrecional desde 2007.

La creciente presencia rusa y china —esta, por razón del proyecto del Canal Interoceánico— no es vista con buenos ojos ni por Estados Unidos ni por Europa ni por el vecindario.

El disgusto ha llegado en Washington a tal grado que algún funcionario ya le explicó a Ortega que en cualquier momento se puede desempolvar la Nicaragua Investment Conditionality Act o Nica Act, que autoriza a Estados Unidos a prohibir préstamos de organismos como el Banco Mundial o el BID con destino a Managua.

A eso se une la presión de la OEA, cuyo secretario general, Luis Almagro, preparó un informe sobre la situación política de Nicaragua que no ha sido presentado públicamente y que ha obligado a Ortega a pedir una negociación directa con el organismo. Almagro llegará a Nicaragua el 1 de diciembre.

Y si se le suma la oposición de Humberto, el poderoso hermano del dictador y exministro de Defensa, que no quiere ver a su cuñada en el poder, entonces para Nicaragua se vienen días de mucha tensión.

Marxista leninista, como Ortega, la vicepresidenta dejó el materialismo y el ateísmo —y lo obligó a él a lo mismo—, para casarse por el rito católico. Murillo es poeta y revolucionaria extraña: desde hace años usa 28 anillos, siete collares y seis brazaletes, para enfrentar el mal y alejar a los demonios y defiende con ahínco el poder de amuletos como la Mano de Fátima, pintada en un muro de la Casa Presidencial, como emblema de la cultura maya, de la continuidad de todas las cosas y de la compasión…

Así está Nicaragua.

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