Expertos en desarrollar la política por otros medios, los guerrilleros de las Farc tendrán que aterrizar en el campo siempre pedregoso de la realidad partidista colombiana e intentar sobrevivir en un medio mucho más hostil que la montaña y el Ejército.
Tendrán que hacer realpolitik, es decir, olvidarse un tanto del contenido filosófico e ideológico de sus postulados marxistas leninistas y dedicarle toda la atención a los intereses prácticos y a las acciones concretas del día a día, algo en lo que sin duda no son muy duchos.
De todas maneras, su llegada llevará a que los partidos, tradicionales o no, le concedan toda la importancia al mejoramiento del nivel de las discusiones en el Congreso, por ejemplo, para solo hablar del principal foro de debate del país.
Todos los políticos tendrán que reenfocar sus ideas, olvidar el cortoplacismo, abominar de la corrupción y de las mermeladas y los clientelismos, porque ideas y discursos en contra de esas prácticas siempre han sido muy atractivos, en especial entre nuevos electores y jóvenes, y de esos vienen repletas las novedosas Farc.
En este sentido, es realmente desconsolador escuchar a líderes políticos con cierta trayectoria, pero sin ningún inventario de ideas, quejarse de que, como dijo uno, “las Farc lo que quieren es llegar al poder”.
Desde luego, por obtener todo el poder del Estado han hecho la guerra desde hace casi 60 años. O, acaso, ¿alguno de los comandantes hizo declaración pública desistiendo de luchar para alcanzar sus objetivos?
A través de la guerra, las Farc han buscado lo mismo que todos los partidos y movimientos políticos colombianos desde que existen: el poder. Y lo buscan para poner en práctica sus ideas. Solo que ya no lo harán más fusil en mano. Eso es lo único nuevo.
Creer otra cosa es ingenuo y muestra una crasa ignorancia de la política.
De modo que, los partidos actuales, tendrán que reenfocar ideas y cambiar sus discursos, pero, antes, convencerse de que las Farc llegan en busca de lo mismo que todos: la posibilidad de tener el poder suficiente para imponer su idea de país. Y eso no tiene nada de ilegítimo. Para eso se llegó al acuerdo de La Habana.
Desde luego, las Farc —y eso lo saben mejor que todos sus opositores— no tendrán posibilidad alguna de nada si insisten en su viejo ideario colectivizador, de la aniquilación de la propiedad privada, de la socialización de todos los medios de producción, de la férrea centralización política y económica, de pavimentar la vía al comunismo… Esas eran las ideas del Jurassic Park de la política colombiana.
Y, hoy, todos esos comandantes se deben reír de las cosas que defendían y, especialmente, deben lamentar que hubieran hecho una guerra absurda por ideas que en todo el mundo fracasaron desde hace décadas.
La política real está lejos de aquellos postulados, de aquellos días.
Lo positivo de todo esto es que Colombia puede estar segura de que, al menos por ahora, en busca del poder, las Farc seguirán, como siempre, combinando todas las formas de lucha, menos una: la guerra. Y eso es bastante.
