Si lo que el procurador Alejandro Ordóñez dijo en Pamplona sobre sus deseos íntimos en torno de la paz lo hubiera expresado antes, mucho antes, los colombianos nos hubiéramos ahorrado tantos sobresaltos y preocupaciones…
Pero, no. En su estilo sibilino prefirió esperar hasta el jueves para decir, entre líneas, pero con todas las palabras, que quiere que las conversaciones del Gobierno con el ELN lleguen a feliz término y que por esa razón formula las observaciones y los reparos a que tiene acostumbrada a Colombia.
Una persona como Ordóñez, desde luego que es plenamente consciente de lo que dice, pero, principalmente, de cuándo y cómo lo dice: en ocasión de una rápida e improvisada rueda de prensa ante estudiantes universitarios, cuando los periodistas le preguntaban con insistencia sobre la posibilidad de que pierda su cargo.
Pausado, en tono tan coloquial que parecía paternal, el procurador empezó a llevar el diálogo hacia donde quería, para declarar, a su manera, que profesa amor por la paz de Colombia, en una sorpresiva toma de posición que contradice todos estos siete años de convencer a los colombianos de que su lugar estaba del otro lado de la barrera, del lado de los opositores a las conversaciones con las Farc.
Desde luego, para la casi absoluta mayoría de colombianos para los que la paz es la primera prioridad, tener al procurador Ordóñez del mismo lado es esperanzador, estimulante y, sobre todo, tranquilizador: podría ocurrir que a la rueda del proceso de La Habana ya no le atraviesen tantos palos.
No fue lo de Pamplona, como pudiera pensar un desprevenido, un lapsus de Ordóñez, ni mucho menos. Sobre asuntos como el proceso de paz y en la reiterada postura del procurador, no caben ni las ligerezas ni las equivocaciones…
Quizás él, sorprendido como cualquier parroquiano por el anuncio inesperado de Gobierno y guerrilla, comprendió que la avenida de la paz se hace cada día más ancha y que en ella hay cabida para todos, y que es mejor ir por el camino limpio de los millones de esperanzados, que por el sucio y accidentado de unas minorías cada vez menos significativas que ven peligros que en realidad no existen.
Probablemente ya es consciente de que, al menos en lo que tiene que ver con los acuerdos, no parece haber reversa ni del Gobierno ni de las Farc, y no estar en el coche de la victoria podría ser una mala
idea si la aspiración, por ahora privada, de buscar metas más altas acaballado en los electores, toma forma concreta.
Y, tal vez por eso, decidió arrimar agua, en vez de paja seca, al granero de la esperanza y de los sueños, todavía bajo el serio riesgo de un incendio devastador y definitivo.
Por la razón que sea, el hecho de que el Procurador General de la Nación, que en los últimos años ha sido una voz disonante en todo lo relacionado con la iniciativa presidencial de alcanzar la paz, haya modificado su opinión, no deja de ser llamativo e importante. Podría ser emulado por otras personas.
Del ahogado, el sombrero, dice el pueblo, y para efectos de prenderle una vela a Dios y otra al diablo, expresar en público un respaldo inesperado al diálogo con el ELN puede arrojarle a Ordóñez mejores dividendos que mantenerse, tercamente, en el lado del camino en el que siempre ha estado.
A no ser que pretenda que sus palabras de Pamplona tengan alcance hasta La Habana.
Al fin, de un procurador que, como parece, quiere volar más alto, la opinión pública puede esperar cualquier sorpresa…
Pero sí debió darla antes.
