Nadie está listo para morir. Pero, tampoco, para no morir.
La prevención parece no ser preocupación importante para el ser humano, que sigue pereciendo en situaciones en las que perfectamente puede sobrevivir si se lo propone, si se decide a enfrentar algunas emergencias antes de que sucedan.
La reflexión nace a propósito de lo sucedido en la provincia ecuatoriana de Manabí, donde Pedernales, uno de sus sitios turísticos, fue literalmente borrado del planeta por el terremoto más poderoso allí desde uno de 8,8 grados en 1906.
Por estar ubicada en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, esa región es de muy alta sismicidad. Allí, en el mar, la Placa Oceánica de Nazca se acomoda bajo la Placa Continental de Sudamérica, en un proceso que acumula energías de magnitudes inverosímiles que se liberan mediante terremotos muy poderosos.
Terremotos en 1906 (8,8 grados en la escala Richter), 1942 (7,6 grados), 1958 (7,7) y 1979 (8,2) han causado desastre tras desastre en Manta, Portoviejo, Montecristi, Pedernales, Chone y zonas vecinas, con cifras elevadas de víctimas y pérdidas económicas inmensas.
Se puede pensar que con base en tantas experiencias, los ecuatorianos en particular —los latinoamericanos en general— disponen de mínimas medidas de seguridad y de prevención para enfrentar los sismos. Pero no ha sido así.
Fotos y videos de la tragedia muestran que casi todas las edificaciones de Pedernales, por ejemplo, quedaron reducidas a montañas de concreto que con su peso todo lo aplastaron y que, por ahora, son imposibles de remover en busca de eventuales sobrevivientes.
Igual ocurrió con puentes y carreteras principales que, destruidas, hacen muy difícil el traslado por tierra de heridos, ayudas y refugiados, y agravan una situación que es terrible desde el momento del sismo.
Los hospitales, no preparados, carecen de lo necesario para eventualidades como la actual, y las ambulancias son insuficientes para apoyar a la población.
Todos en la región sabían que un sismo como este podía ocurrir: en 2015, 49,1 por ciento de los temblores en Ecuador ocurrió en la costa del Pacífico, de la cual Manabí es una buena porción.
Sin embargo, nada o casi nada se alistó como precaución.
Zona turística, Manabí está llena de grandes moles hoteleras, construidas con materiales que, en caso de terremotos poderosos, contribuyen a agravar las consecuencias. La cultura latinoamericana aún no acepta que hay materiales de construcción logrados por la ciencia y la tecnología que son muy livianos y a la vez muy resistentes, y soluciones arquitectónicas que reducen los riesgos en los casos de colapso.
El problema está, sin embargo, en el criterio de la gente según el cual si su casa no está construida con materiales como el ladrillo y el concreto, no siente la satisfacción que espera, ignorando que estos nuevos materiales podrían resultar más baratos. Además, son más resistentes a los sismos.
Le corresponde al Gobierno comenzar a regular las construcciones, a fin de que sean menos letales en casos de emergencia como un terremoto fuerte, que es capaz de destruir hasta las construcciones en apariencia más resistentes.
También le corresponde, obvio, disponer de planes de contingencia para la atención de víctimas, con ambulancias, hospitales, refugios, medios de transporte alternativos, en fin, todo el sistema de emergencia necesario en casos así.
Y mantener en vigencia programas para crear conciencia en torno de todo lo que significa sufrir las consecuencias de un fenómeno natural de importancia, de lo cual se tiene conocimiento solo por experiencias ajenas a través de noticias y transmisiones por los medios de comunicación.
Cúcuta es una ciudad de riesgo sísmico, que debe estar preparada en todo sentido para enfrentar eventualidades generadas por fenómenos telúricos. ¿Lo está? Y se cumplen las normas de sismorresistencia en las construcciones?
