El turno de los políticos, incluidos entre ellos los funcionarios del Estado y, sí, los guerrilleros de las Farc, ya pasó, quedó atrás. Con excelentes perspectivas y todas las esperanzas vivas, ahora le corresponde al pueblo decidir su futuro.
El pueblo, es decir, cada ciudadano, tendrá la oportunidad de decirle sí o no al acuerdo de paz discutido durante los últimos años en La Habana, en un acto de refrendación de lo aceptado por el Gobierno y por las Farc.
Se necesitarán unos 4.4 millones de votos que digan sí, para que el acuerdo tenga validez. Y, aunque las Farc afirmaron que aunque el voto de la mayoría sea negativo, esa organización insistirá en demostrar su determinación en busca del fin de la guerra. De todos modos, si al terminar la votación del plebiscito gana el no o en el caso de que el sí gane por menos de los 4,4 millones de votos, la puerta de la guerra se abrirá de nuevo.
Esos 4,4 millones equivalen al 13 por ciento del censo electoral, es decir, de la cantidad de ciudadanos aptos para votar en este momento, que hoy es de unos 35 millones de personas, según decidió la Corte Constitucional, como lo acordaron los negociadores de Gobierno y guerrilla.
Atrás quedarán, entonces, los debates sobre la validez o no de los acuerdos: entonces, si en el plebiscito la opción si alcanza los votos requeridos, el presidente de la República estará obligado a tramitar los proyectos de ley y las reformas constitucionales para darle desarrollo a todo lo acordado.
Pero, ¿realmente, habrá quién vote por la continuación de la guerra? Porque eso será lo que estará en juego: dejar de matarnos sin saber por qué, o parar esta matanza absurda que, por fortuna y contra el querer de algunos, parece haberse detenido.
La respuesta, lamentablemente, es sí. Hay sectores guerreristas que no están de acuerdo con alcanzar la paz a través del diálogo sino de la aniquilación de un enemigo que no ha sido derrotado. Porque, después de casi 60 años de tiros y de ríos de sangre y de violencia increíble, la historia dijo que la guerrilla no podrá derrotar al Estado, pero este tampoco podrá vencerla.
Por eso hubo necesidad de sentarse a buscar soluciones favorables para todos, y con esas soluciones no todos los colombianos están de acuerdo.
Por eso, no debe quedar duda de que el único voto posible en el plebiscito es por el sí. Será la única posibilidad de que los niños colombianos tengan el futuro que merecen, muy diferente del presente de dolor, sangre e infamia de sus padres.
Ya se escuchan quejas de que el plebiscito le costará al Estado unos 350 mil millones de pesos, y que no vale la pena el gasto. Pero, y en esto creemos estar en coincidencia con millones y millones de colombianos, cualquier dinero es poco si se trata de alcanzar una paz que ha sido tan esquiva y por la cual se han abierto brechas ideológicas y políticas tan profundas.
No hay que olvidar que plebiscito viene de plebe, es decir, de pueblo. Y si el pueblo colombiano decide que la guerra debe terminar para siempre, así será.
