No es porque se trate del todavía país más poderoso de la tierra. Es porque quien estará al frente es, desde su elección, un gran tropiezo para el planeta. Una sola ligereza de Donald Trump en la Presidencia de Estados Unidos puede conducir a la hecatombe. Y el mundo entero lo sabe…
Por eso hoy, a las 12, cuando el magnate hotelero, el más lenguaraz de todos los políticos modernos de su país, asuma la jefatura del Estado, el mundo entrará ansioso en una etapa de marcha lenta, a la espera del temido desliz.
Con uno de los apoyos populares más bajos de la historia —solo 44 de cada 100 estadounidenses dice estar con él—, Donald Trump debe estar ya consciente de que, si dentro de su país no lo quieren, fuera de él están afilando los cuchillos.
El gran gigante chino está inquieto, en realidad, más que inquieto, en espera de que la fiesta en Washington no sea como han sido las vísperas: escandalosas, agitadas, pobladas de amenazas y reclamos, de división creciente y de miedos.
En Beijing lo tienen claro: el de Trump será un gobierno contra China. Lo que es aún incierto es hasta dónde se permitirá ir Washington para evitar que de mostrar sus enormes dientes, el gran dragón apriete la mandíbula y muerda.
La amenaza de la guerra económica que lanzará contra China aún resuena en todos los salones diplomáticos… y de crisis. Al fin y al cabo, anunciarle al gigante que todas sus mercancías serán gravadas hasta en 45 por ciento es advertirle que la disputa por el mundo no será un camino de rosas y que Taiwan será el pretexto para darse bofetones. Muy probablemente atómicos, en este caso.
Y, menos, si se hace real la posibilidad de que el Comité sobre Inversiones Extranjeras en Estados Unidos (Cfius, por sus siglas en inglés) prohibiera todas las inversiones chinas en territorio estadounidense, como señalan crecientes rumores.
Dentro, Trump se las tendrá que ver con los negros, los mexicanos, los gais, los demócratas, las mujeres, los demás extranjeros, los estudiantes, los disidentes republicanos, en ese orden, lo que hace prever que cada día en la Casa Blanca será irrepetible por la complejidad de los problemas y por la tensión.
Y, fuera, con China, México, Irán, Corea del Norte, Estado Islámico, árabes, Venezuela, Cuba, Centroamérica, también en ese orden. Rusia aún no, porque el magnate presidente todavía duda del increíble poderío cibernético de Moscú.
Sin embargo, el principal problema de Trump durante los próximos cuatro años está más cerca de él que nadie y que nada: su larga lengua incontenible, con la que, además de decir cosas inverosímilmente inoportunas e inadecuadas, parece escribir sus trinos en Twitter, su arma camorrera favorita.
A las 12 y unos minutos de hoy, ya se notará el contraste con el gobierno de Barak Obama, por quien, si se pudiera, el mundo entero votaría a dos manos para que se quede a vivir cerca de Washington.
Su sola presencia en cualquier esquina tranquilizará al mundo y hará que se active el aliento contenido…
