El 18 de abril, a las 6 de la mañana, ya no habrá más paso para carros por el puente Mariano Ospina Pérez, sobre el río Zulia. Está señalado en el cronograma de la obra, tal vez lo único concreto que ha surgido, a tronchas y a mochas, de las 16 mesas de trabajo reunidas hasta ayer.
Se supone que durante la clausura de dos meses del puente, entre Cúcuta y el norte del departamento habrá dos rutas alternas: una, para autos pequeños, por Urimaco, en el occidente de Cúcuta, y otra, por Puerto León, en el noroeste.
Pero hay mucho escepticismo, en especial entre los transportadores, porque el factor seguridad al parecer no ha sido tratado con la seriedad que es necesaria para situaciones como la que genera la presencia de grupos armados ilegales que tienen infestada una de las rutas alternas.
El paso por Urimaco será complicado para los automovilistas, pero más será para los vecinos de la zona, que ya están cansados de exigir que arreglen la vía, y de enfermarse con el polvo que levantan los carros al pasar. Los habitantes viven con tapabocas, porque de otra manera no pueden respirar con tranquilidad.
La vía está bajo arreglos, con dineros de la Gobernación y aportes de algunas empresas privadas como Termotasajero y algunos mineros del carbón. La Alcaldía de Cúcuta, principal interesada en soluciones, según los vecinos, nada ha hecho.
En la vía Cúcuta-Puerto León-Astilleros, diversas organizaciones criminales son las dueñas del territorio y en las vías se hace lo que ellas disponen, incluso la instalación de retenes, pagos de peaje incluidos, y amenazas con armas. Con esos mecanismos protegen por esos andurriales el contrabando y el narcotráfico, delitos que pocos combaten con determinación, y donde la presencia de la Policía es nula.
El puente, con más de 50 años, necesita, por ahora, reparación. Pero lo que necesita la vía Cúcuta-Ocaña-Costa Atlántica es otro puente, moderno, expedito, que garantice el paso por muchos años, que no esté sujeto ni a cierres frecuentes ni a cuantiosas inversiones periódicas para garantizar el paso.
La hora para darle a Norte de Santander la oportunidad de disfrutar, como las demás regiones del país, de las vías de comunicación acordes con los tiempos actuales, hace mucho rato pasó. Es el momento para que se piense en soluciones definitivas, duraderas y dignas para la incomunicación relativa en la que ha vivido esta región. No puede seguir la situación en la que ha sido más rápido para Cúcuta comunicarse con capitales regionales de Venezuela, que con las más cercanas en Colombia, a saber Bucaramanga o Arauca.
Este inconveniente del puente Ospina ha posibilitado, por una parte, que la ciudad se dé cuenta del estado de abandono en que están los sectores periféricos, como Urimaco, condenado a seguir con un acceso más parecido a un camino al fin del mundo que a una carretera en una ciudad moderna, si el cierre no se hubiera dado. Y, por otra, descubrir que más allá del pavimento reinan la inseguridad y la criminalidad organizada, ante la incapacidad del Estado de garantizarles a quienes allí viven, un mínimo de tranquilidad y de seguridad.
