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Editorial
El ojo afuera
Gran Bretaña, Colombia y Estados Unidos: elecciones que negaron lo previsto con el deseo antes que con el análisis racional.
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Sábado, 12 de Noviembre de 2016

Parece que no es el sentimiento de compasión, lo que distingue al hombre del animal. Tampoco, la facultad para organizar la sociedad, es decir, su capacidad política, como con gran certeza lo definió Aristóteles.

Por lo ocurrido en tres casos muy recientes, de gran trascendencia histórica, la principal característica distintiva del ser humano parece ser su capacidad para arrepentirse cuando ya no hay manera de solucionar lo que hizo o dejó de hacer.

Cualquier día, a nombre del minúsculo partido nacionalista Ukip, su líder, Nigel Farage, habló de que Gran Bretaña reexaminara su permanencia en la Unión Europea (UE). El gobierno aceptó y se aprobó un referendo. Era un buen ejercicio democrático que estaba ganado de antemano, consideró el Primer Ministro, David Cameron. Y hubo el referendo…

Y el Brexit (Gran Bretaña fuera de la UE) ganó. Las consecuencias todavía no se han contabilizado todas. Pero, automáticamente, los británicos dejaron de ser europeos y se convirtieron en extranjeros que no podían trabajar en los países donde el día anterior lo hacían.

La misma noche del conteo de votos, cuando ya nada se podía hacer, hubo las primeras protestas, antesala de una serie de manifestaciones tumultuosas en las que se pedía infructuosamente anular el referendo, mientras el mundo no cabía en su asombro, por la decisión y por las consecuencias.

Semanas después, Colombia vivió la misma experiencia con el plebiscito para ratificar o no los acuerdos de paz con las Farc. El Sí ganó desde muchos días antes. Pero el día de la votación, de nuevo el asombro: ganó el No, triunfaron quienes, a la larga, se oponen a que Colombia viva en paz.

Y, de nuevo, las marchas contra el resultado de las urnas, presionando por soluciones poco ortodoxas para eludir el mandato de los ciudadanos votantes.

Y nada menos que Estados Unidos —y esta vez el asombro mundial todavía tiene estupefactos a millones— fue escenario del tercer episodio, con la victoria del populista, multimillonario y extravagante republicano Donald Trump, sobre la voz de la experiencia política y la primera mujer con posibilidades de gobernar al más poderoso país de hoy: Hillary Clinton.

Y, por tercera vez, marchas de protesta contra Trump, a quien hoy muchos no reconocen presidente; para insistir en la anulación de la elección, y hasta para lanzar campañas en busca de independizar a estados como California.

Lo peor de los tres casos es que, como una consecuencia importante, aunque no considerada a cabalidad, surgieron sentimientos que se creía sepultados, como la xenofobia, el racismo, la descalificación de quien ganó con su voto, el irrespeto, el odio, la irracionalidad en el análisis…

Lo mismo en Gran Bretaña, en Colombia y en Estados Unidos: lo peor del animal político al descubierto, por razón de elecciones que negaron lo previsto con el deseo antes que con el análisis racional. Además, las sociedades, las tres, están profundamente divididas, en mitades por ahora irreconciliables.

Parece que a pesar de su grandeza, de sus logros en materia de pensamiento y ciencia, en materia de desarrollo físico, el ser humano aún adolece de pequeñeces que lo hacen un enano, como su resistencia a reconocer que después del ojo afuera no hay Santa Lucía que valga…

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