Mientras hoy, millones y millones de niños del mundo entero descansan de la escuela o de la práctica de deportes o simplemente de jugar, en Colombia, más de un millón de ellos tratará de reponer las energías gastadas en sus puestos de trabajo.
Lo dice un dramático estudio de la serísima Universidad del Rosario, que deja a Cúcuta y, obvio, a los cucuteños, en vergonzosa evidencia: después de Sincelejo y Neiva, acá se registran los más altos índices de trabajo infantil: casi 13 de cada 100 niños de esta ciudad trabaja.
Y, aunque las razones que explican el trabajo de los niños parecen aceptables, la verdad es que ninguna, por poderosa que sea, puede ser válida para justificar el hecho de que, en vez de estar jugando o estudiando o dedicado al deporte o al ocio un niño deba estar frente a la responsabilidad de un trabajo, cualquiera que él sea.
Desde luego, en el caso de Cúcuta, al menos, el fenómeno del niño trabajador no puede ser analizado con la ligereza con que, a veces, se estudian y diagnostican algunos hechos sociales.
Durante años, la tasa de desempleo de Cúcuta ha sido la más alta del país y su economía una e las más débiles, en ambos casos por fenómenos estructurales que los gobiernos no han enfrentado con la determinación y la eficacia que se necesitan para una comunidad de frontera que depende más del país vecino que del suyo.
En ese sentido, la informalidad laboral es la respuesta lógica y generalizada: basta salir a las calles a vender mercancías de contrabando a precios muy atractivos. Para esa actividad no se requiere preparación académica alguna, y los niños se convierten en candidatos ideales para tales actividades.
Y, rodeado de esa cierta aura romántica con la que se aprecia a un niño que se sacrifica para ayudar a su familia, el pequeño comerciante crece y aprende. Solo que lo que le enseña la calle es esa informalidad generalizada, incluso legal, que rodea muchas actividades del día a día.
Y, además de un niño y su familia que violan la ley, el menor está aprendiendo que si no es fuera de la norma no es posible sobrevivir. Y es este el principal daño que se les hace a los niños trabajadores de Cúcuta.
No hay duda de que muchos niños trabajan porque quieren hacerlo, quizás para demostrar que son capaces de enfrentar el mundo como los adultos y que pueden conseguir los recursos para financiar sus estudios. Pero, además de ser los menos, también están fuera de la ley.
Otras razones para trabajar son memos románticas: contribuir a la economía familiar es, quizás, la más frecuente, y la que permite mayores abusos, porque muchas veces el niño trabajador se convierte en el único sostén familiar, sin importar que ponga en riesgo su integridad física y espiritual.
Hoy, día mundial contra el trabajo infantil, es una buena oportunidad para que las familias cucuteñas saquen a los niños de la calle y del trabajo y los dediquen a lo que saben hacer mejor: jugar, y si les sobra tiempo, estudiar.
Pero el hecho de que la nuestra sea una ciudad de niños trabajadores, en vez de enorgullecernos, como era antes, debe llenarnos de vergüenza.
Que la situación económica de Cúcuta adquiere ribetes dramáticos, es cierto; pero que cualquier razón que justifique que un niño trabaje, como hacerlo sostener a los adultos de su familia, es una obscenidad enorme, lo es más.
